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lunes, 15 de julio de 2013

La estación de los recuerdos (I concurso verano Abretelibro.com)

     El camino empedrado que habíamos elegido esa tarde era muy similar al de todos los días. Era lo que conllevaba la rutina, que todo acababa siendo igual. Sus ojos, observaban los objetos como si se tratara de su primera vez. Su forma de caminar se asemejaba demasiado a la mía, por algo llevábamos la misma sangre.


     –Mira estos árboles. ¿Ves como se mueven? Intentan quitarse el sombrero al vernos pasar y decirnos: «saludos caballeros, que tengan una buena tarde» –dije riendo bajo la sombra de los cipreses para que se sintiera más cómodo. Su silencio, siempre constante, hizo de telón sobre mis palabras.


     Nuestros pasos avanzaban más lento que el ocaso del día. El color rojo del cielo se iba apagando poco a poco mientras recorríamos la tarde, como cada veraniego atardecer. 


     –Ese color rojo del cielo es la forma que tiene el sol de decirnos hasta mañana. Si pudiéramos ver el mar, verías como se baña en él cada tarde. Ahora es turno de la luna, ¿la puedes ver? –Señalé a un punto del cielo con la mano consiguiendo que mirara y se quedara con la boca abierta– Cuentan que la luna es la amante del sol, que en los días nublados, cuando no podemos verlos, se aman sin nuestros ojos curiosos. ¿Cómo no amar algo tan brillante? Quizás todos buscamos algo que nos ilumine mientras recorremos este oscuro camino que es la vida, ¿No crees? –Seguía mirando al cielo, su boca era una exclamación silenciosa– Las malas lenguas dicen que sin el sol no brillaría la luna. Pero en el fondo tienen razón, cuando estamos enamorados brillamos más que nunca y la ella no iba a ser menos.


     Se oía ya cerca el agua cuando se cruzó una estrella fugaz en el cielo oscurecido. 


     –¡Mira, pide un deseo! –Apremié– Pídelo en silencio, si lo dices no se cumplirá –. Cerró los ojos muy fuerte, quería concentrarse. Cuando los abrió, pude ver como se le dibujó una sonrisa en los labios, era la mejor recompensa. 


     Tras llegar a la orilla, nos sentamos en el mismo banco de siempre, al que convergían todos los caminos. Los mosquitos aprovechaban este lugar para parar a beber. 


     –Aquí en la superficie del estanque, es donde alisa su brillante pelo, donde se pinta los ojos y los labios para que el sol la vea más guapa–. Le explicaba mientras el reflejo de la luna ondulaba en la superficie del agua, donde también se podían ver algunas estrellas si el cielo estaba despejado– Si te fijas bien, las estrellas cuchichean con la luna, ríen y se cuentan secretos al oído para que no las oigamos, que coquetas son ¿Verdad?


     A pesar de su silencio su mirada era muy expresiva, observaba con una gran curiosidad. Nada escapaba a su interés. A veces lo veía cerrar los ojos, sentir como el viento le acariciaba la cara y le susurraba al oído el sonido de los pájaros. Me encantaba verlo así.


     Regresamos por el mismo camino empedrado, le hacía sentir seguro. A nuestra espalda quedaron los árboles con su insinuante movimiento, el viento compartiendo secretos entre susurros, las estrellas jugueteando con la luna y los insectos que son constantes en esta estación. 
Atrás quedaron nuestros pasos de una tarde veraniega y delante de nosotros, como el inapelable otoño, la puerta donde nos esperaba su cuidadora María.


     –No sabes el bien que le hace pasear contigo y que le cuentes esos cuentos que solo tú sabes –dijo tras darnos sendos besos y cogerle del brazo.


     –Sí, ya lo veo –contesté con la cabeza baja–. Ya no recuerda que fue él quien antes me llevaba de la mano por caminos como éstos, quien me narraba estas mismas historias que ahora le cuento cada tarde. 


     –Lo siento pequeño, la vida no perdona –dijo mientras me miraba directamente a los ojos–. Seguro que conoces la frase «Paren el mundo que yo me bajo aquí». Piensa que en algún momento de su vida decidió que se bajaba aquí, que ser adulto lo superaba y se convirtió en el niño que anhelaba ser. 


     No tuve más remedio que mirarlo. Sus ojos me observaban como antes, perdidos entre la oscuridad de la tarde.


     –La vida es un ciclo hijo mio. Ahora nos vamos a descansar. ¿Volverás mañana con nuevos cuentos? –Solo pude asentir con la cabeza. 

     Como cada noche lo vi entrar en el edificio. Daba pequeños pasos mirando hacia atrás para verme de reojo. Como cada noche mi alma se rompía en pedazos para volverse a componer al llegar el siguiente atardecer.