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miércoles, 27 de mayo de 2015

Heno.

Llegó volando, como llega el viento que empuja las hojas suicidas en otoño. Descendía formando una espiral, jugando con el aire, bajando y subiendo a su antojo. Nada escapaba a su mirada, cualquier movimiento delataría una posible presa. Atrás le perseguía su sombra, tratando de despegar sin conseguir levantar el vuelo, sin lograr quitarse un peso imaginario que le oprime contra el suelo. 
El sol, en su periplo diario, empezó a descender para esconderse tras las montañas. Los vientos dejaron de ser tan cálidos, avisando que era el momento de buscar dónde pasar la noche. No tardó en encontrar una rama donde posar su cuerpo.
Usaba su pico para acicalarse, colocar sus plumas y retirar las que ya no continuarían el viaje con él. Caían plumas del árbol, como si el otoño hubiera extraviado su cordura y las confundiera con hojas. Ensimismado en su ritual estaba, cuando observó un punto brillante cerca de él, en el tronco del árbol. Nada ocurrió tras su fuerte graznido, ni siquiera un leve movimiento. Avanzó despacio, paso a paso, sin perder de vista su objetivo. Volvió a graznar levantando las alas en posición agresiva. No podía ser, nada volvió a ocurrir. Empezó a tocarlo con el pico, despacio primero, para después agarrarlo y tirar de él. 
–¡Ay, mi ojo! –gritó el árbol–, ¡me haces daño!.
Entre graznidos huyó el ave espantado, acompañado de las plumas que el viento arrastraba a su paso. 
Tras el episodio del ave, Heno el espantapájaros, volvía a estar solo. Volvía a vivir clavado en el suelo por un madero que hacía la función de espina dorsal. Había olvidado ya desde cuándo estaba allí. Sus ojos no eran más que dos botones cosidos. Vestía chaqueta larga, muy elegante de cuello alto y un sombrero, sin duda su prenda favorita. Ningún espantapájaros en kilómetros a la redonda lucía un sombrero de copa como el suyo. “Debió ser de un mago” solía presumir, ya que tenía cartas de una vieja baraja, donde el As de corazones tapaba el resto de cartas. Su carta, como él, un corazón solitario. 
Lo había intentado todo para que las aves se acercaran, para preguntarles cuál fue el precio que pagaron para engañar a la gravedad. Tiempo atrás recolectó todas las plumas que encontró en el suelo. Se vistió con ellas, disimulando sus facciones y así aparentar ser uno de ellos. Aprendió a imitar los sonidos que emitían, pero de nada sirvió tanto esfuerzo. La lluvia robó sus ilusiones disfrazadas de plumas. 


Heno pasaba el tiempo contando nubes. Contaba las que se unían como amantes furtivos. También contaba las que se dividían en dos, partidas por la mitad, como un corazón roto. Por las noches, bajo la luz de la luna, observaba las estrellas. Las imaginaba como luces de un faro buscándose unas a otras en la oscuridad cósmica. 
Una de esas tardes, en esa hora en que los colores bostezan en tonos grises, decidió intentarlo una última vez convencido de que conseguiría su objetivo. Recolectó hojas que vagaban por el suelo, despojadas de la savia que un día corrió por sus venas. Camufló con ellas su cuerpo aparentando así ser un árbol más. La experiencia casi le cuesta que un cuervo le descosiera un ojo. A raíz de aquella ocasión, poco a poco dejó de espiar las nubes, de contar estrellas, de mirar al cielo. La tristeza se convirtió en un peso que le impedía levantar la cabeza. 
Aún no había salido el sol, pero la claridad previa a la mañana excitaba a todos los insectos. Despertó con una sensación extraña, un hormigueo que le recorría el brazo. Trató de levantar la vista hasta su hombro, para encontrar un montón de ramitas. “Las habrá traído el viento”, pensó sin darle más importancia. Volvió a clavar su vista en el suelo, tan interesante, tan inocuo, tan estático, tan alcanzable. No obstante, esos cosquilleos no cesaban y el montón de ramitas parecía crecer. Al levantar de nuevo la vista, no creyó lo que consiguió ver. ¡Había huevos entre los restos de ramas!. Toda la tristeza se convirtió en curiosidad. Procuró controlarse para no hacerse notar. ¿Cómo no se dio cuenta antes?. Entonces comprendió que tendría que haber levantado la cabeza. Ese cambio de encuadre fue lo que le hizo ver los huevos en el nido. 
Esperó con impaciencia a que aparecieran los progenitores de aquel milagro. Llegaron volando, como llega la niebla en las mañanas de invierno. Se posaron delicadamente sobre el nido para incubar sus futuras crías. Heno se sentía feliz, ¡Un pájaro anidaba en su hombro!. Sabía que no debía mover un solo dedo o los volvería a espantar. Observó cómo uno de ellos colocaba cada ramita, formando un lugar confortable y volaba a por otra ramita. El ave que incubaba, le habló.

–Hola Heno –dijo el pájaro que con la mirada fija en sus ojos.
Al mirarlo, pudo ver el color blanco de sus ojos, perdidos en el vacío de la oscuridad de su ceguera. No obstante, el ave no dejaba de mirarle. –Hola Heno, sé que puedes oirme y verme. 
–¿Hola? –Su voz era un susurro casi inaudible.
–¿Tú eres Heno, verdad? Sí, sí que lo eres. 
–Si, lo soy. ¿Cómo es que me conoces?, ¿Quién eres tú?
No podía creerlo. Tanto tiempo intentando acercarse a ellos y ahora lo tenía ahí, tan cerca como increíble. Era viejo con plumas grises y marrones.
–Mi nombre es Tique y llevo observándote mucho tiempo –Empezó a hablar el ave–. Solía volar por aquí. Te veía ahí clavado, sin levantar la vista del suelo. Nunca comprendí que temían las aves, quizás fue por esos disfraces que solías vestir.
–Yo solo pretendía no estar solo, poder hablar con alguien.
–Ahora estás hablando conmigo. Dime, ¿Qué quieres saber?
–Me gustaría saber cómo podéis volar.
Tique movió la cabeza, como si quisiera mirarlo con ambos ojos a la vez.
–¿Te has preguntado cómo puede un caballo andar? –dijo ella–, ¿Cómo puede un pez nadar? Es nuestra naturaleza.
–Yo no puedo hacer ninguna de esas cosas –dijo Heno volviendo a mirar hacia abajo–. Estoy clavado al suelo.
–Tu naturaleza es espantar a los pájaros, y hasta ahora lo has hecho genial –Heno solo pudo sonreír.

Tique llegó para quedarse. Los brazos de Heno fueron la base que buscaba para crear un hogar. Corrieron los meses perseguidos por las estaciones, unos detrás de otros como una carrera sin final. No corrían en vano, el tiempo todo lo transforma. Los polluelos que rompían los huevos, crecían hasta que aprendían a volar muy lejos. Tiempo después volvían para anidar en los brazos de Heno y tener así polluelos que crecerían y aprenderían a volar en el ciclo de la vida. Todo bajo la atenta mirada de un anciano Heno. 
Sus ropas rasgadas, su cuerpo menguado y su sombrero raído contrastaban con la felicidad juvenil que se dibujaba en su cara. Le encantaba ver como las crías se escondían entre su sombrero, correteaban y aprendían a volar desde sus brazos. 
Uno de esos polluelos hizo caer el As de corazones que Heno tanto amaba. 
–¡Oh, lo siento! –dijo aguantando las lágrimas– He tirado tu carta, Heno.
–¡Vaya!, no pasa nada chico –En la cara de Heno solo se podía ver una sonrisa–. Dime ¿Qué carta ha quedado ahora a la vista?
–Un hombre, frente a un espejo. Tiene una espada, una corona y un corazón dibujados. 
–¡Anda, el rey de corazones! –No podía esconder su alegría–. ¿Sabes qué significa?
–No, ¿qué?
–Significa que jamás volveré a estar solo.

El peso de los nidos, las últimas lluvias y el paso del tiempo hicieron que Heno, poco a poco se inclinara hacia el suelo. Primero fueron milímetros que ni siquiera él mismo notó. Tras las lluvias del duro invierno se percató que la inclinación empezaba a ser preocupante. Avisó pues a las aves que quitaran sus nidos, ya que algún día caería hasta el suelo siendo ese su inevitable final. Todas las aves se trasladaron a árboles cercanos para así evitar el trágico final. Sabía que el día que cayera al suelo significaba su muerte, aunque le dolía no volver a ver a todos sus polluelos, comprendía que era inevitable.
Aun con los ojos cerrados, sin que el sol se hubiera despertado aún, notó un montón de patas posándose en sus brazos. Abrió los ojos para darse cuenta que una decena de aves le tenían agarrado por la chaqueta. 
–¿Qué pasa? ¿Qué hacéis? –preguntó asustado al verse rodeado.
–Heno, hemos pensado cómo hacerte escapar de la muerte –Reconoció la voz enseguida. Se trataba de Pluto, el hijo de Tique–. Te elevaremos lo más alto posible entre todos. Después te dejaremos caer al vacío.
–Pero, ¡Estáis locos! Vais a acabar conmigo antes de que me caiga.
–Tranquilo, una vez que llegues al suelo, aprovechando la tierra mojada de las lluvias, te clavarás de nuevo y más fuerte. No te pasará nada. 
–Dejadlo, todo tiene su fin y el mío será al caer al suelo. Fui feliz de haberos visto crecer entre mis brazos. 
–Está decidido, solo te avisamos para que no te marees en el cielo.
Sintió cómo le arrancaban de la tierra donde una vez fue clavado. Las mismas aves que ayudó a crecer, que vio volar, ahora le llevaban hacia el cielo azul. El sol por su parte se dio prisa en aparecer, no quería perderse el espectáculo. 
Todas las alas se movían a la par, cualquiera que lo viera pensaría que lo habían hecho mil veces antes. 
–Ahora chicos, a mi señal le soltaremos todos a la vez –La voz de Pluto no daba lugar a dudas–. Es muy importante que lo hagamos todos a mi señal. El más mínimo error y quizás lo lamentaremos toda la vida. ¿Entendido?
Heno no dejaba de mirar arriba, no quería ver lo lejos que estaba el suelo, quería sentir los vientos en su cara. Todas esas nubes tan lejanas que había observado, ahora casi las podía tocar con las manos. 
–¡Atentos! A la de Tres daré la orden. 
El aletear se oía tan cerca, envidiaba poder surcar los cielos a su antojo.
–¡Uno!
Por un instante, solo un instante.
–¡Dos!
Heno miró hacia abajo.
–¡Tres!
Para comprender que todo había merecido la pena.
–¡Ya!
Para abrir sus alas y aprender a volar.

viernes, 13 de febrero de 2015

Mañana

Desde el alba hasta el ocaso seguiré contestando lo mismo una y otra vez. No la consideres una negación, soy incapaz de rebatirte absolutamente nada. “Mañana” será mi única respuesta a todas tus preguntas, a todos tus ruegos, a todas tus dudas. Así mañana volverás, así mañana volveré a tenerte a mi lado.

¿Quién ha salido?

El portazo hizo temblar todo el aire que había en la casa.
-¿Quién ha salido? -preguntaste.
-Las musas -respondí-, que no soportan la idea de que tú seas mi inspiración.

Tintero Roto

Trato de recomponer mi tintero. Pequeños trozos de cristal por el suelo, manchados de tinta negra que jamás se convertirán en nada. El papel espera ansioso que vuelva para seguir con las caricias que la pluma dibujaba sobre su piel. 

Tal como ese papel se siente mi inspiración, esperando la dulce caricia de las musas para poder dedicarle las mejores palabras, los mejores versos y las mejores sentimientos. Solo me queda escribir con la tinta que recorre mis dedos una firma gigante sobre el papel donde podría en mayúsculas: Te quiero!