Vistas de página en total

martes, 11 de mayo de 2021

Enséñame a cantar

 Enséñame a cantar



“Enséñame a cantar”, dijo la mujer sin dejar de pespuntar.

“Dicen que las cicatrices, como los zurcidos, cierran antes si puedes canturrear”.

Mide y corta de la noche a la mañana.

Hilvana oyendo a los niños en la calle corretear.

Cose con la espalda pegada a la ventana

y remata pensando cuándo le tocará a ella salir a jugar. 


Se asomaban  las vecinas con la excusa de saludar, solo para verla la tela cortar.

Volaban las tijeras en sus manos, las agujas en sus dedos y los pajarillos en la puerta de su casa. 

Cuentan que desde cierta noche solo hace coser y tararear.

Que no entona ninguna canción y que solo su criatura,

arropada en la cuna con sábanas del color de la luna, la oye tararear una canción:


Llora la luna lunera, porque el sol brilla más que ella

Pobre lunita que sola se queda, teniendo la piel de seda.

Quien será quien le cosa una ropa de cama, que logren calentarla en el cielo.

Déjame que te cosa unas sábanas de terciopelo, Susurró la costurera desde el suelo.


Cose, costurera, cose, dijo desde el firmamento la luna. 

Confecciona unas sábanas del tamaño de una cuna.

Duerme, duerme, pequeño, que mañana has de jugar.

 Antes, por la noche vendrá tu madre a tu cesto a cantar.


jueves, 1 de octubre de 2020

Dulces Sueños

 

Dulces sueños

Imagen: Snezhana Soosh

–Buenas noches corazón –La voz sonó dulce y pausada, como siempre.

–Buenas noches mamá. –Respondió Martín bajo las sábanas.

Al salir cerró la puerta despacio, estrangulando la luz que entraba del pasillo hasta hacerla desaparecer dejando la habitación inundada de oscuridad. Sus ojos, sin embargo, se negaban a cerrarse y su cerebro repasaba cada momento del día que acababa ya. Despertarse, desayunar, correr para el bus, ir al cole, estudiar y aguantar charlas hasta volver a casa, cada día igual.

En esos pensamientos estaba cuando unos golpecitos en la ventana, bañada por la luz de la luna, le devolvieron a la realidad de la habitación. “Quizás sea un ave perdido o un murciélago”, pensó algo asustado. El ruido no cesaba y no quería abandonar la seguridad que sus sábanas le proporcionaban. La curiosidad le empujó literalmente de la cama y, sin saber cómo, se encontró de pie, andando hacia el origen del ruido. Miró por la ventana para comprobar que la ciudad seguía ahí, que los carteles luminosos de los garajes seguían llenos de mosquitos, que las farolas no se habían quedado sin luz y bañaban de luz las calles. Abrió dejando entrar una fresca brisa que le produjo un escalofrío.

–Buenas noches Martín –Se sobresaltó al notar que la voz provenía desde dentro de la habitación.

En efecto, en su habitación había un hombre alto, de cabellos oscuros, voz grave que le saludaba con la mano. Tras retirarse unos pasos comprobó que llevaba un traje de color amarillo y azul, una capa azul que ondulaba detrás de sus brazos en jarra, pose habitual de cualquier superhéroe. Una máscara le tapaba la cara sin poder ver más allá de sus ojos.

–Tranquilo –repuso el hombre al ver a Martín apartarse asustado –Nunca te haría daño.

Martín observó cómo el extraño cogía uno de sus libros de la estantería y lo examinaba con sumo cuidado para después volverlo a colocar en su sitio.

–Tienes una colección muy buena de cómics –dijo el extraño sin levantar la vista del libro.

–¿Quién eres y por qué vas vestido de esa manera tan rara? –preguntó Martín tratando de no parecer nervioso.

–¿No te gusta? –respondió mirándose la ropa, como si de repente descubriera su extraña manera de vestir.

–Pareces un superhéroe de cómic.

–Será porque lo soy –respondió usando la misma pose con los brazos en jarra. Seguro que era su preferida, con la capa volando al son del viento–. Mi nombre es Hipnosis y mi deber es cuidar que no te pase nada.

Una parte de Martín estaba impresionado: ¡Un superhéroe! Todos esos libros repletos de aventuras se convertían ahora en una realidad delante de él. Cuantas veces había deseado ser uno de ellos y poder volar, divisando la ciudad y arrestar a los malos.

–¿Qué haces aquí? –preguntó Martín.

–Solo será un momento –respondió mientras se agachaba para mirar debajo de la cama–, nada por aquí...

–¿Qué haces?

–Compruebo que no hay monstruos que molesten tus sueños –Abrió el armario para, tras inspeccionarlo, volver a cerrarlo. Quitó la ropa de la silla, que formaba una sombra algo sospechosa en la pared–. Ya está. Nada te perturbará esta noche, está limpio.

–Mi madre se enfadará si te ve aquí.

–No podrá verme y si viene te verá acostado. Compruébalo tú mismo –dijo mientras señalaba la cama.

Martín se acercó a la cama y allí pudo ver su cuerpo tumbado. Comprobó cómo su propio pecho subía y bajaba al compás de la respiración relajada.

–¿Cómo..? –Su cara de incredulidad miraba ahora la cama, ahora a Hipnosis sin poder entender.

–Tranquilo, todo esto que ves es tu propio sueño. Estás dormido y soñando conmigo. Por eso estoy yo aquí, para protegerte de tus pesadillas y duermas tranquilo.

Martín se sentía desconcertado. Se pellizcó y no lo sintió, debía ser un sueño entonces.

–Me ha contado un pajarito cuál es uno de tus deseos más grandes. Si vienes conmigo podrás hacerlo realidad, podrás volar.

Martín dudó un segundo y Hipnosis aprovechó para abrir a la ventana.

–Si dudas nunca sabrás qué se siente –dijo con una sonrisa socarrona mientras se encaramaba a la ventana–. Tendré que irme volando, solo...

Sin mediar palabra, Martín le tendió la mano y salieron volando por la ventana. Su cara debía de ser un poema, no podía creer que estuviera volando. Su mamá se iba a enfadar mucho si se enteraba, no llevaba una muda limpia.

La ciudad por la noche estaba llena de luz. A diferencia del día, ésta provenía del suelo y el cielo únicamente se podían ver estrellas suspendidas sobre un negro perfecto. Notaba la fuerza que le imprimía los brazos de su compañero y un calor suficiente para surcar la Antártida si hiciera falta.

–¿Dónde vamos? –gritó Martín.

–Vamos a un sitio que te va a encantar, disfruta el viaje y no te preocupes por nada más.

Sobrevolaron lugares que no sabía siquiera que existían. Le fascinaban las luces de colores que acompañaban a las sirenas, las sombras que jugaban bajo las luces de las farolas. Podía observar las pocas personas que paseaban por la noche sin que supieran siquiera que él estaba volando sobre la ciudad.

Hipnosis bajó en picado sin avisar siquiera a Martín, que se llevó un susto tremendo. Durante todo el descenso mantuvo los ojos cerrados, esperando quizás chocarse contra el suelo hasta que todo se paró en un instante. Al abrir los ojos comprobó sin duda que estaban en tierra firme. Un estanque con fuentes y nenúfares rodeado de palmeras altas, con las hojas rozando el cielo, les dio la bienvenida. Sin duda era el parque central.

–¿Sabes ya dónde estamos, Martín?

–¡Sí! Es donde veníamos a pasear papá y yo hace tiempo, antes de...

–Lo sé –interrumpió Hipnosis–, por eso te he traído aquí, sabía que a pesar de todo te gustaría.

Martín aguantó las lágrimas y se tragó esa sensación que le apretaba la garganta. Los recuerdos eran difíciles de retener y más en aquel parque donde todo empezó.

–Sé que tu mamá y tú lo estáis pasando mal, es normal. Todo pasa mi niño. Verás como muy pronto todo esto será un mal recuerdo.

–Ayer hice un dibujo en clase y al llegar a casa lo puse en la nevera, para que lo viera mamá. Estuve esperando todo el día a que llegara y se sintiera orgullosa de ver lo que había dibujado.

–No lo vio, ¿verdad? -Hipnosis siguió con la mirada la lágrima que descendía por la mejilla de Martín. Tenía que cambiar de tema –¿Te gustan los patos?

Martín afirmó moviendo la cabeza, no quería que su voz sonara temblorosa.

El agua del estanque empezó a dibujar ondas sobre su superficie, distorsionando así el reflejo de la luna y las estrellas. Una brisa recorrió el parque moviendo suavemente las hojas de las palmeras, dirigiéndose hacia el agua, como un animal sediento.

–¡Hágase el milagro! –La voz de Hipnosis sonó como una orden.

Detrás de la brisa, desde el cielo, aparecieron uno tras otro una fila de patos. Descendían formando una espiral hasta seguir con la fila en la superficie del agua. Danzaban en el agua, nadando en círculos, formando siluetas en el centro del estanque.

–Mira lo que son capaces de hacer para que les des de comer –Hipnosis sacó de su capa una bolsa de palomitas–. Mejor vamos al centro del estanque, ¿vienes?

Agarró de la mano a Martín y saltó la pequeña barandilla que separaba el estanque. Martín no podía creer que estuvieran ahora andando sobre la superficie del estanque. Rodeados de patos, caminaron hasta la fuente del centro. Allí alzaban la mano y los patos se elevaban para coger su preciado regalo y volver al agua. Martín estaba fascinado con todo lo que veía. Acabó la bolsa y los patos hicieron una reverencia para acto seguido volver a alzar el vuelo, esta vez con el estómago lleno.

–Les has caído bien –dijo Hipnosis–. Conmigo no se alegran tanto.

Con la cabeza baja, Martín caminaba sobre el agua dirección a la barandilla. A pesar de lo que acababa de ver, se sentía triste.

–Todo esto es precioso, Hipnosis, pero mañana cuando despierte todo volverá a ser igual, volveré al colegio, a ser ignorado por mi madre. Vamos, que volveré a estar solo. Ojalá pudieras venir conmigo.

–No puedo–dijo Hipnosis, poniéndose de rodillas para estar a su misma altura–. Yo pertenezco al mundo de los sueños y la vida es para vivirla, no para soñarla. Cuando tengas algún problema o bien te sientas solo piensa que aunque no me veas yo estaré contigo. ¡Mírame, soy un superhéroe! Tengo el súper poder de la invisibilidad. Nunca volverás a estar solo.

Al ver su cara de tristeza, se le ocurrió una idea que seguro le iba a animar.

–Cierra los ojos, nos vamos de nuevo.

–¿Volvemos a volar? –preguntó Martín sonriendo esperanzado.

–No, no es necesario. Tú cierra los ojos y soñarás que viajamos.

–Pero, ¿no estoy soñando ya?

–Sí. Los sueños son como esos libros y cómics que habitan en tu habitación, no existen límites en tu imaginación. Puedes recorrer miles de kilómetros o viajar a la luna sin siquiera salir de tu cama. Vivirás mil vidas, tantas como libros puedas leer.

–Está bien –dijo Martín cerrando los ojos-. Avísame cuándo lle...

–Abre los ojos –interrumpió Hipnosis.

Sorprendido, pudo comprobar que el parque había desaparecido y en su lugar se encontraba un pasillo con muchas puertas a ambos lados, mal iluminado, limpio y pulcro. Con colores suaves y un olor muy particular que le recordaba a las medicinas, a la ropa de mamá.

–Estamos en un hospital –La pregunta se convirtió en una afirmación para Martín.

–Correcto –afirmó Hipnosis.

Las puertas de las habitaciones estaban cerradas. Las lámparas iluminaban a media luz e incluso algunas estaban apagadas. Al fondo se podía ver la silueta de una persona vestida con pijama blanco y llevaba un carro. Iba de cuarto en cuarto, visitando las habitaciones.

–Esa mujer se parece... –susurró Martín con los ojos arrugados intentando ver en la media oscuridad.

–Vamos a comprobarlo. Tranquilo, no nos verá –dijo Hipnosis calmando a Martín –. Somos invisibles ¿recuerdas?

Se acercaron silenciosamente, tratando de ser lo más sigilosos posible. A cada paso que se acercaban comprobaba que esa forma de andar, esos rizos y esa silueta no podían ser de otra persona más que su madre. Desprendía un aroma que solo podían producir las diosas del Olimpo, una sonrisa que desarmaría cualquier argumento, una belleza de movimientos que enamoraría a cualquier hombre y una voz que embaucaría a las sirenas.

–Es guapa ¿verdad?

–La más bella que haya visto jamás –respondió Hipnosis embelesado.

–Mi papá la quería mucho –Bajó la cabeza así como la voz a medida que hablaba–. Siempre le decía que se merecía lo mejor del mundo y que por eso nací yo.

–De ti depende ser lo mejor que le ha ocurrido en toda su vida, aunque seguro que está muy orgullosa del hombrecito en el que te estás convirtiendo.

–No lo sé, siempre está muy atareada. Apenas tiene tiempo y cualquier cosa que hago siempre parece sentarle mal.

–Mírala, es difícil vivir su vida, créeme. A pesar de tener un hijo estupendo como tú, no tiene tiempo suficiente para verte crecer, perder a tu papá fue un trago muy duro. Gasta su tiempo trabajando mucho para poder darte todo lo que necesitas y sin embargo conserva esa sonrisa tan preciosa.

Ambos la seguían con la mirada mientras en el pasillo preparaba las bandejas. Se la veía cansada pero entraba a cada habitación con una felicidad contagiosa.

–Hola, buenas noches y bienvenidos al “hospitel” del mar –Siempre entonaba la misma cantinela al entrar en una habitación–. Lo sé, preferirían estar en casa, pero no hago visitas a domicilio.

Hasta a ellos mismos les consiguió contagiar esa felicidad. Los pacientes del “hospitel” la admiraban y deseaban verla aparecer cada vez que la puerta se abría. Era una corriente de brisa fresca en un caluroso día.

La siguieron algunas habitaciones más, puerta tras puerta, hasta que la luz del sol se asomaba por las ventanas.

–Martín, es hora de despertar –dijo Hipnosis.

–¿Cómo? ¿Ahora? No, quiero estar con ella.

–Cuando despiertes lo estarás. Cuídala como ella cuida de ti. Solo os tenéis el uno al otro.

–¿Dónde irás tú cuando despierte? –preguntó Martín con cierto desconcierto.

–Te contaré una cosa. No se lo digas a nadie o dejará de ser un secreto. ¿Entendido?

–Entendido –respondió Martín intrigado.

–Cada miedo que te acompaña a la cama, en tus sueños se convierte en un monstruo. Por mucho que yo luche contra ellos aquí, tienes que hacer lo mismo tú mientras estés despierto. Procurar que no te acompañen a la cama. Yo estaré a tu lado, aunque no me veas, nunca te dejaré solo, pero tienes que vencerlos tú, si no, no te dejarán vivir. Es hora de despertar.

Martín sintió como algo le removía de repente, como si le agitara sin poder moverse más.

–Es hora de despertar, Martín. –Era la voz de su madre, como si viniera desde el fondo de un pozo.

–¡Hola mamá! –respondió Martín dándole un abrazo enorme– Hoy el desayuno lo hago yo. Tú siéntate a ver la tele o a leer, yo me encargo.

–¿Qué te ha picado hoy? –preguntó su madre sin entender nada de lo que estaba pasando.

Se levantó raudo y veloz hacia la cocina. Hizo el café, calentó tostadas y exprimió naranjas inundando de aromas seductores a cualquier apetito. Cargado con una bandeja apareció por la puerta del salón donde mamá le esperaba sentada en el sofá.

–¿A qué se debe el placer hijo?, ¿acaso es mi cumpleaños? –preguntó mamá intrigada.

–A que tú te mereces lo mejor del mundo –respondió mirándole de reojo.

Esa frase le hizo un nudo en la garganta a ambos. Se levantó su madre y esta vez fue ella quien le respondió con abrazo que casi le deja sin respiración.

–Por eso naciste tú –Le susurró ella al oído mientras una lágrima corría por sus mejillas.

El día se presentaba estupendo. Tras el desayuno fueron al parque y dieron de comer a los patos, pasearon entre las palmeras, sobre las luces y las sombras que se dibujaban en el suelo. Dejaron a un lado la inercia de vivir día a día. No recordaban la última vez que habían pasado un día juntos. La tarde les ofreció un paseo a la orilla del mar, con los pies mojados, el olor salado y la brisa que acariciaba sus manos unidas.

–Quiero que todos los días sean así, mamá, a tu lado.

–Yo también Martín, yo también.

Cayó la noche y con ella los vientos que hielan la piel. En casa la cena ya está acabada y a Martín se le cierran los ojos. Acabaron dormidos madre e hijo bajo la misma sábana, bajo los mismos sueños sin pesadillas.

***

Años después, Martín pagaba sus propias facturas y lo hacía con lo que mejor supo hacer siempre: dibujar. Sus dibujos se podían admirar en muchos cómics diferentes. Su estudio estaba repleto de aquellos sueños plasmados en colores diluidos con un fondo blanco. Su personaje más famoso era SuperHypnos, un superhéroe que cuidaba de los sueños de los niños. Les ayudaba a crecer, a madurar a través de la calma y la imaginación que se desarrolla tras sus ojos mientras duermen.

SuperHypnos vestía capa azul, máscara amarilla donde solo se le podían adivinar unos ojos del color de un mar de esmeraldas. A los niños les encantaban sus historias donde vencía, no sin sufrir antes, a todos los horrorosos monstruos que desfilaban por los sueños de los más pequeños.

La noche había sido dura. Los plazos de entrega eran lo peor de su trabajo, sin duda. Esa presión a la que le sometían era quien cerraba la puerta a su creatividad. Pero cada página terminada era una batalla vencida. El guerrero merecía descansar.

Sus pasos acabaron al pie de la cama, donde se metió y abrazó la espalda de Esther, que le cogió la mano. Se dejó dormir sintiendo su calor y su respiración.

Un ruido en la ventana le despertó. «Esto me suena», pensó tras levantarse a abrirla. Entró el aire fresco de la noche.

–Cómo has crecido –dijo una voz, que reconoció enseguida, tras él.

–Tú sin embargo sigues igual, no pasan los años por ti.

–Ya sabes, vivir en los sueños no envejece.

–¿Hoy no revisas mi habitación en busca de monstruos? –preguntó Martín mientras cerraba la ventana.

–Ya eres una persona adulta. Ya es hora que seas tú quien busque los monstruos en la habitación de algún pequeño.

–Llevo años buscándote en mis dibujos, en mis libros, en mis sueños y nada. Ahora te presentas aquí para qué, ¿despedirte?

–Puede ser. Nunca me gustaron las despedidas y sé que a ti tampoco.

–La verdad es que no –Martín se sentó en la cama– He hecho de ti, de mi imaginación la manera de ganarme la vida. Todos los niños sueñan contigo, con ser tú y ahora vienes a decirme que te vas. No es justo.

–Ni la vida, ni los sueños son justos.

–Creo que te echaré de menos. Todos estos años lo he hecho.

–Antes de irme –dijo Hipnosis avanzando un paso hacia Martín–, quería hacerte un regalo para que, aunque no me eches de menos, no me olvides. Ahora, cierra los ojos.

Martín le hizo caso. Con los ojos cerrados podía sentir cada movimiento que hacía Hipnosis. Sintió cómo deslizaba algo y se lo ponía en su propia cara. ¡Era su máscara!

–Ya puedes abrirlos, pero hazlo despacio.

Como un niño, volvió a obedecerle y poco a poco pudo ver un redondo mentón bajo unos marcados pómulos y una nariz chata. Sus ojos reflejaban el color de un mar de esmeraldas.

–Desde el principio sabía que eras tú –dijo Martín aguantando el nudo que le oprimía la garganta.

–Mi sueño solo era verte crecer. ¿Qué padre no quiere lo mejor para su hijo? Ahora es hora de despertar.

–¡No!, no quiero despertar. ¡Ahora no!

–Es hora que tú seas otro superhéroe y que cuides la vida de esa criatura que traéis en camino. De sus noches ya me encargo yo.

lunes, 28 de mayo de 2018

Frio abisal

He vuelto a sentir ese frio abisal tras tanto tiempo sin recordarlo. 
Ha durado unos segundos, los suficientes para sentirme observado. 
Ahora solo queda aprender a devolver la mirada al abismo.

martes, 28 de febrero de 2017

Parar el mundo

-Quiero parar el mundo -dijiste mientras enmarañaba mis dedos entre tu pelo-, en este mismo momento, aquí, contigo.

-¿Quién dice que no se detuvo? - respondí sin dejar de mover los dedos- Yo mismo noté cómo crujieron los mecanismos y engranajes que componen el reloj del tiempo. Quizás nadie más lo notó, tal vez nadie más lo escuchó escondido detrás de todo el mundanal ruido. Desde ese mismo momento todo siguió igual: los pájaros siguieron cantando, los árboles bailaban con el viento y las agujas siguieron su inercia programada. Desde entonces solo hago pensar en que todos esos segundos, minutos y demás no fueron más que una invención, una cuenta atrás, ya que el tiempo dejó de contar cuando te conocí.

San Valentín 2017





Me extravié en un mar cristalino del color de las esmeraldas. 

Quizás no quería volver a la orilla, bajo la sombra de sus pestañas.

Tal vez me distraje contando los lunares de la superficie de su espalda.

Naufragué a causa de sus cantos de sirena en aguas de sus labios
Cada noche dibujaba constelaciones en el cielo de su boca e inventaba historias para hacerla dormir en mis brazos.
Ahora que la luz del día brilla en sus ojos he de confesar que cada día vuelvo para perderme en ese mar cristalino del color de las esmeraldas.

Ella, con su perfume de tierra mojada


Ella, con su perfume de tierra mojada, le arropó con hojas secas recogidas del suelo.
Ella, con su piel de alcornoque desollado, le lavó la cara con agua de lluvia.
Ella, con sus ojos color castaño, sintió el frío inerte que rodea a la niebla.
El, por su parte, se tumbó en el suelo a esperar que el invierno pasase lo más rápido posible.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Enséñame a coser

“Enséñame a coser”. Pidió la niña con cara de mujer. “Solo quiero aprender a cerrar mi pecho para así evitar que vuelva a escapar mi corazón”
Puntada a puntada, aprendió los secretos que únicamente se escondían en los bolsillos rotos. Cultivó el arte de hilvanar confidencias sin siquiera soltar la aguja enhebrada. Comprendió que los silencios se conservaban mejor dentro de una lata de galletas y que para remendar lágrimas, lo mejor era confeccionar con retales una sonrisa.
Pasados los años, se atrevió a mirarse el pecho. Su corazón latía al ritmo de cada remate, de cada pespunte. Acarició con la punta de su dedo el hilo invisible que cosió lo que antes era una herida. Solo entonces, la mujer con cara de niña, comprendió que la vida no consistía solamente en coser y quiso aprender a cantar.

domingo, 6 de noviembre de 2016

La Huella del Minutero (XI Concurso de Primavera de Abretelibro.com)

La huella del minutero

Cada espectador fue tomando su asiento. Ansiosos por ver el espectáculo que durante tanto tiempo llevaban anunciándoles en carteles y por el que habían pagado un buen precio por su entrada el día de estreno. El teatro, al igual que sus espectadores, vestía sus mejores galas para el gran estreno de la temporada. Se había cambiado la iluminación, ultimando los detalles para que la acústica fuese perfecta, pintado los palcos resplandeciendo de forma áurea. La platea lucía cada asiento con la tapicería renovada de terciopelo color rojo y con maderas de color platino. Cada butaca que conformaba el patio podría considerarse una obra de arte. El escenario se escondía detrás del telón que, de color verde bordado con hilos de oro, deslumbraba por todo el trabajo que llevaba haberlo fabricado.
Tobías miró su reloj. Según las manecillas, quedaban unos minutos para que empezara el espectáculo. Alrededor podía observar a la gente hablando en susurros con su vecino de asiento. Los caballeros vestían trajes donde predomina color negro y camisa blanca. Se podía notar el máximo cuidado que habían tenido al acicalarse y el olor de sus perfumes inundaba toda la sala ahogando el oxígeno existente. Las damas por su parte lucían vestidos de color blanco deslumbrando con su belleza.
Tobías volvió a mirar su reloj. Las manecillas se habían vuelto unas perezosas, no querían avanzar. Miró esta vez al escenario, su cortinaje e imaginó detrás su conjunto de engranajes, poleas, cuerdas, la tramoya y tantos mecanismos necesarios que si uno solo fallase, por pequeño que fuese, hasta la persona más profana vería que algo no iba bien. Como los relojes que fabricaba, consistía en una coreografía sincronizada para un baile de piezas engrasadas.
Aparecieron los músicos por un lateral andando hacia su foso. El espectadores, ajena a su llegada, seguían pendientes de sus conversaciones hasta que apareció el director de la orquesta. Los aplausos entonces resonaron en toda la sala, incluso en la calle se podrían oír para después dejar paso a un silencio sepulcral. La sala se quedo a oscuras, salvo algunas lámparas encendidas, sumiendola en un ambiente propicio. Por fín iba a empezar el primer acto. Tobías guardó su reloj.
Nota a nota, marcado por el compás, el sonido de una flauta conducía la melodía, dirigiendo a los instrumentos de cuerda y vistiéndo al teatro de sinfonía. El sonido llegaba al público servido en cojines de terciopelo. Acorde tras acorde, engalanados de adagio, advertían la entrada en escena a cada lado del escenario de los primeros bailarines que se cruzaban en el centro y hacían mutis por el foro, creando una coreografía sincronizada con cada movimient de la orquesta. «Se me va a hacer eterno» pensó Tobías, mirando su reloj. En sus pensamientos sumido estaba cuando la melodía cambió para dar paso a quien debería ser la reina. Al menos por su belleza, lo parecía. Iluminaba por si sola todo el escenario sin necesidad de focos. Sus pies flotaban sobre la tarima como una mariposa sobre los pistilos de una flor deseosa de fecundar. Hipnotizó a la mitad del aforo y encendió la llama de los celos de la otra mitad. El alma de cada adagio, de cada allegro podía verse en cada salto, en cada giro en cada mirada, en cada uno de sus movimientos.
Acto tras acto, telón tras telón, el público vibraba con cada secuencia de la historia, con cada movimiento de cada uno de los integrantes del reparto hasta el final. Sin duda había merecido la pena asistir al estreno, pensó Tobías tras el acto final. Volvió a subir el telón para que los bailarines agradeciesen el estruendo formado por los aplausos del público puesto en pie. Sin darse cuenta, llevaba tiempo sin mirar el reloj y aplaudía, sumido por el clímax que había alcanzado toda la platea mientras los bailarines desaparecían tras el telón.
Terminada ya la función, Tobías únicamente quería volver a casa lo más rápido posible y desaparecer. Sólo hacía mirar el reloj e intentar salir de entre la masa de gente que se agolpaba en los pasillos del teatro.
–¡Tobías! –oyó su nombre mientras le agarraban el brazo. Odiaba que le tocasen– ¿Pensabas irte tan pronto? Vamos, la noche acaba de empezar. No sabía que te gustara el ballet.
–Hola, Timo. Sí, claro que me gusta. –contestó Tobías soltándose sutilmente el brazo.
–Veo señores que ya se conocen –dijo Hans, el director del teatro, que mantenía una conversación con Timo–. El señor Tobías ha sido el encargado de la fabricación del reloj que viste nuestra fachada. El señor Timo, por su parte, me comentaba que le ha parecido una verdadera obra de arte de la relojería.
–Sí, creo que hice bien cuando invertí en la restauración de este teatro. Su mano se notará en cada campanada, señor Tobías.
–Gracias, señores. Ha sido un placer construir ese reloj, aunque es mi trabajo –respondió fingiendo una sonrisa Tobías, sin dejar de mirar el reloj de bolsillo–. Ahora, si me disculpan, tengo algo de prisa.
–Una persona muy particular, este señor –dijo Timo, una vez se encontraba solo con el director.
–Todos los genios tienen una personalidad muy particular. Venga, le voy a presentar al elenco de bailarines y bailarinas del teatro. Acompáñeme, conocerá a Elisabeth, nuestra reina.
–Será un placer –dijo Timo, siguiendo al director por los pasillos oscuros del reestrenado teatro.
Sin duda el estreno había sido un éxito. Al día siguiente todo el mundo hablaba de la obra, era el tema de conversación en las calles. Nadie reparó en que la relojería tiene la puerta cerrada, que dentro se oían ruidos propios de un taller donde parecían trabajar ciento de personas, aunque sólo lo regentase Tobías. Días y días de taller cerrado, sin ningún cartel avisando de la enfermedad del propietario para tranquilizar a su discreta clientela. «Tiene que tener un proyecto importante» decían, «es un buen relojero, seguro que tiene encargos de la capital» murmuraban. Sin embargo, cada tarde se le podía ver salir de su taller, vestido de traje y sombrero de copa, sin dejar de mirar su reloj, en dirección al teatro.
Elisabeth era la bailarina principal, la reina que realizaba el solo del tercer acto, la estrella de cada actuación. Se dejaba agasajar por los aplausos del público, por los comentarios que oía tras el telón cada noche. Joven, bella y hacía lo que más le gustaba y no podía ser más feliz. Llevaba un par de noches exultante de felicidad. En los camerinos, cuando cuelga a la reina para volver a ser Elisabeth, siente que le falta un brazo que le acompañe al hogar, que le susurre versos al oído o simplemente que la lleve al campo a pasar el día. Por esa misma razón no rechazó la idea de aquel señor adinerado que le invitaba a pasear en carro de caballos después de cada espectáculo.
Todas las noches, Tobías paseaba buscando una sombra que le cobijara en la oscuridad para observar a Elisabeth salir del teatro. La veía esperar, sin sentirse observada, ataviada con un pañuelo sobre la cabeza, tratando así de no ser reconocida, hasta que la recogía una calesa de caballos, propiedad sin duda de Hans. Tobías no abandonaba el lugar hasta que dejaba de oír el sonido de las ruedas contra el suelo, sólo entonces volvía a encerrarse en su taller.
Llovía sobre los charcos a las puertas del teatro, donde el espectáculo de esa noche había sido sublime. La sincronía de los bailarines era ya muy lograda con el paso de los días y se notaba en la actuación. A la salida, Tobías, escondido en la sombra de su esquina, observaba a Elisabeth guarecerse de la lluvia esperando su coche de caballos. No dejaba de mirar su reloj, era prácticamente un tic que le acompañaba incluso en la oscuridad, donde no podía ver las manecillas. Dado el tiempo transcurrido y visto que no aparecería coche alguno, la bailarina volvió a recogerse al interior del teatro. Tobías salió de su oscuridad e inició el camino a casa pegado a las paredes, buscando la oscuridad.
Siguieron las noches de carros que nunca llegaron, de ilusiones rotas y de ropa calada hasta los huesos por la lluvia. Elisabeth, una tarde sin función, acudió al taller del relojero que había fabricado el reloj de la fachada del teatro. Sentía curiosidad por ese hombre que fabricaba máquinas que funcionaban solas. Cruzó la puerta y sonó un pequeño timbre que avisaba cuando alguien entraba. Apareció Tobías, quien al verla allí en su propia tienda, se ruborizó enseguida.
–Buenas tardes, señorita –saludó intentando evitar su rubor–. ¿En qué puedo servirla?
–Buenas tardes, señor –contestó Elisabeth–. Quería conocer la tienda, que me asesorara en la compra de un reloj y ya de paso conocer a un espectador muy especial. Sé que usted nos ve cada noche desde el palco número cinco ¿No es así?
–Así es. El director me ofreció un pase diario para ver la función, aunque siendo sinceros, creo que no se fía del funcionamiento de mi reloj. –Ambos rieron con el comentario– Deme un minuto por favor. Ahora mismo le atiendo.
Se quedó sola en la tienda, mirando las vitrinas y los cuadros que decoraban la estancia. Empezó a pensar que Tobías mentía muy mal. Todas esas noches, mientras bailaba, sabía que el espectador del palco número cinco sólo tenía ojos para ella, que acudía cada noche para ver cómo bailaba, cómo se movía y cómo le miraba. Sin duda ese hombre estaba loco por ella, pero era tan reservado... La puerta se abrió y pudo ver en el interior una forma humana tapada por una tela. Se sobresaltó por un momento.
–¿Qué le pasa? ¿Está usted bien? –Se preocupó el relojero.
–Disculpe mi intromisión, pero me ha parecido ver que tenía a alguien ahí, con usted.
–No, no se asuste. Es un proyecto personal en el que estoy trabajando. –Trató de tranquilizar el relojero.
–Oh, por un momento pensé que... Ay dios, discúlpeme.
–Bien, no se preocupe. Ahora ¿Puedo ayudarle en algo?
–Si le soy sincera, tengo curiosidad de ver ese proyecto en el que está usted trabajando.
–Cuando cierre la tienda, podrá ver mi proyecto. Usted y sólo usted podrá verlo, pero no podrá comentar nada con nadie. Como le he dicho, es muy personal.
–Esperaré aquí sentada pues, a que acabe su jornada.
Así lo hizo, esperó sentada en una silla a que pasaran las horas hasta que el reloj marcara la hora del cierre. Durante ese tiempo pudo observar cómo Tobías se sumergía a través de su monóculo en un mundo diminuto de engranajes, cogía con sumo cuidado las piezas y las colocaba con la precisión y paciencia necesaria. Estaba convencida que un hombre tan tímido no la miraría tan fácilmente, que tendría que dar ella el primer paso o no conseguiría llamar su atención. Pasó el tiempo despacio, el ruido de los relojes le recordaba cada segundo que pasaba y que no volvería jamás. Más tarde, Tobías se levantó y cerró la puerta de la calle, dando por terminada la jornada del día.
–¿Sigue segura usted de querer ver mi proyecto? –preguntó antes de echar el pestillo y cerrar definitivamente.
–Segurísima –dijo ella, ilusionada de pensar en quedarse a solas con él.
–Sígame.
Tras cerrar completamente la puerta y correr las cortinas, se dirigió hasta la puerta de la trastienda dejando pasar a Elisabeth. La estancia era un taller más espacioso que la pequeña tienda desde la que se accedía. Lleno de piezas metálicas y engranajes como ruedas de coches o pequeñas como zarcillos, colocados por tamaño. El ambiente estaba impregnado de un olor a aceite, madera y metal que embriagaba los sentidos. En el centro, hacia donde se dirigían, se observaba un objeto antropomorfo, tapado por una tela blanca que llegaba hasta el suelo, sin dejar poder ver ni rastro de detalle. La curiosidad aumentaba conforme se acercaban.
–Será usted la primera persona que lo verá, después de mí –dijo Tobías mirando la obra sin destapar–. Como le he dicho se trata de un proyecto personal. Llevo tiempo trabajando mis ratos libres en él, pero hasta hace poco no he encontrado la manera de terminarlo.
–Un proyecto personal –susurró Elisabeth–. Debe ser difícil poder financiar un proyecto tan «grande».
–El dinero lo estropea todo –Comenzó a hablar sin mirarla a los ojos–. Desde pequeño, mi deseo siempre fue ser relojero, pues me apasionaba ver moverse los aparatos inertes. Manecillas sin vida empujadas por algún misterioso mecanismo, dibujando un círculo sin fin. No encontraba explicación de cómo y por qué parecían cobrar vida, pero quería saberlo. Deseaba abrir uno de esos aparatos y ver qué demonio habitaba dentro para hacer esa magia inerte. Crecí y, aunque mi curiosidad por encontrar demonios desapareció, mi interés por dar vida y sentido a materiales inertes seguía viva en mí. Hice todo lo posible por estudiar el funcionamiento de los sistemas de engranajes que movían el mundo, hasta que comprendí que no tendría vida suficiente para comprenderlo del todo. Pero con el tiempo entendí que el dinero era el «leiv motiv», el motor que movía, en muchas ocasiones, las manecillas del mundo. Tuve que hacer relojes en serie en talleres donde fui aprendiz, sin pararme a pensar siquiera cómo funcionaban, únicamente para conseguir dinero, para invertirlo en mi proyecto. Me convertí en un mercenario, realizaba mi trabajo con el interés de ganar dinero y no era eso para lo que yo había venido a este mundo. Quería hacer mis propios mecanismos, pero hasta para eso necesitaba financiación. He aquí que a día de hoy me encuentro fabricando relojes para teatros. Así como relojes de bolsillo, donde las personas pueden guardar sus fotos. Irónica forma de conservar un recuerdo, en una máquina que mide el tiempo. De cualquier forma, aquí se encuentra mi maravilla, mi obra maestra que con su permiso le voy a mostrar.
Elisabeth se sentía dichosa de poder ser testigo en fila cero, a manos de su creador. Tobías agarró la tela y tiró haciéndola volar, dejando la figura de una bailarina que se encontraba de espaldas a ellos. Se mantenía con un pie en el suelo mientras que el otro se encontraba suspendido en el aire hacia su espalda. La cabeza y los brazos los tenía dispuestos hacia adelante, daba la sensación de que iba a moverse en cualquier momento, que el tiempo se había congelado, castigándola a mantener una postura tan incómoda toda la eternidad.
–¡Oh, qué preciosidad! –dijo Elisabeth– ¡Parece estar viva!
–Se trata de un autómata –comentaba él, mientras daba vueltas a una manivela–, una máquina que imita en forma y movimiento a una bailarina en este caso. Llevo años trabajando en su creación. Su mecanismo, compuesto por más de cinco mil piezas entre cadenas, discos, dientes y engranajes que, colocados de una configuración concreta, puede desempeñar varios movimientos distintos. No ha sido complicado, no tanto como conseguir tallar cada detalle como yo soñaba, como yo quería que fuera.
Dio vueltas a la pequeña manivela hasta que sonó un «clic». Paró, haciendo una pausa mientras meditaba qué iba a decir.
–He creado la mujer perfecta –prosiguió mientras rodeaba a la bailarina sin dejar de mirarla–, al menos para mí. Sus líneas la definen como una bailarina que nunca se cansa de bailar, capaz de mantener la misma posición durante años si yo quisiera. El minutero no marcará su huella en su piel.
Soltó la manivela y comenzó la bailarina a moverse con una música metálica de fondo. Ella reconoció enseguida la melodía conocida por «Für Elise», la conocida obra que Beethoven compuso a su amada. «Para Elisa. Sin duda otra prueba más de su amor por mí», pensó. Pero hasta que no vio la cara de la bailarina no confirmó sus pensamientos. Como si se mirase en un espejo, vio su imagen tallada en la bailarina. Cada detalle, cada lunar, cada resquicio era de ella.
–Es, es... ¡Es mi viva imagen! –dijo llena de ilusión.
–Sí –contestó Tobías–. La primera vez que te vi pensé que era imposible. Supuse inocente que había conseguido realizar el sueño de un Dios. Salí del teatro deseoso de llegar a mi taller, exhausto tras cada zancada, para comprobarlo. Abrí la puerta presuroso por saber si mi obra había cobrado vida. Tiré del harapo para descubrir que aún seguía aquí, que mi propia «Galatea» me esperaba sin vida en la misma posición que yo la dejé. Me sentí como un desdichado iluso.
Ella se le acercó compadeciéndose de su visible tristeza, queriendo hacerle ver que su musa era de carne y hueso, que no tenía razón para estar triste ya que la tenía delante. Absorta en sus pensamientos, acercándose poco a poco a su admirador se decidió a darle un beso. Una caricia robada de sus labios despertaría la pasión y el deseo que, tras su modestia, seguro escondía. Nadie se había negado jamás a uno de sus besos y ella lo sabía, como sabía cuándo un hombre la deseaba. Él, no sólo se sorprendió, sino que se retiró, dejándola con los labios suspendidos en el aire, esperando quizás como quién espera un carro de caballos que nunca llegará.
–Ruego, señorita, que salga de la tienda –dijo Tobías, claramente indignado mientras volvía a tapar a la bailarina para después salir y guiar a Elisabeth hasta la calle.
–¡Oh!, lo siento. No sé qué me ha podido pasar. –El rubor invadía todo su cuerpo y sus mejillas desprendían un calor que hacía tiempo que no recordaba– Ruego disculpe mi atrevimiento. Pensé...
Tobías cerró la puerta, dejándola con la palabra en la boca. Nunca le había pasado algo así. Se sentía raro, ya que él mismo no entendía por qué había rechazado a una dama tan bella como ella. Volvió al interior de su taller, se sentó en su silla de trabajo derrotado. Se dejó perder entre sus pensamientos y miró su reloj. Las manecillas le advertían que era hora de irse a la cama. Decidió que lo mejor era dormir un poco para dejar de pensar. Tiró decidido de la tela que tapaba su obra maestra y al verla se sintió lleno de orgullo por el resultado. Se acercó a ella, tan cerca que podía sentir el olor a madera, acarició la cara de la bailarina, cerró los ojos y la besó en los labios.
–Buenas noches, amor mio.