No es por falta de intuición, y por mucho que sus acciones te lo susurren al oído, nunca estás preparado para recibir ciertas noticias. "El diagnostico es demencia senil", y piensas y ahora qué. Ahora hay un duelo, no quizás por la persona que aún tienes a tu lado, si no por la que sabes que nunca volverá a ser.
Esos recuerdos que quizas su mente arrojo a las muchas lagunas que ahora tiene delante se atropellan en la tuya, quieren volver todos a la vez quieréndote coger de la mano para enseñarte lo que has perdido y no te has dado ni cuenta.
Sé que estas palabras no las leerá por si mismo, pero intentaré por todos los medios que te lleguen todos los sentimientos que dejo impregnados entre estas líneas.
Te quiero papá.
Bienvenidos a mi Blog donde colgaré todos mis relatos, ideas y textos. Pasa y siéntate.
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sábado, 8 de febrero de 2014
De dónde vienes
Sí. Otra vez utilizo esta herramienta para darte las gracias. Sí, otra vez a ti, por tantas veces que me has separado del camino del abismo.
Por caminar a mi lado y hacerme reír cuando pensaba con la noche no podría ver, por enseñarme que sin ausencia de luz nunca hubiera conocido las estrellas. Y cada día estoy más convencido que tu bajaste de una de ellas.
El camino no ha terminado y juntos llegaremos al final, porque todo termina, porque todo continua y esto no quiero que acabe nunca.
Por caminar a mi lado y hacerme reír cuando pensaba con la noche no podría ver, por enseñarme que sin ausencia de luz nunca hubiera conocido las estrellas. Y cada día estoy más convencido que tu bajaste de una de ellas.
El camino no ha terminado y juntos llegaremos al final, porque todo termina, porque todo continua y esto no quiero que acabe nunca.
Juegos imaginarios
Subió las escaleras con el corazón en la boca hasta la habitación del niño. Lo encontró en el suelo, llorando.
–Raúl, ¿has tenido una pesadilla? –dijo tras sentarlo en la cama.
–No papá. Jorge me ha empujado de la cama.
–Pero si estás solo –¿Cuando se daría cuenta que Jorge existía solamente en su cabeza?–. Debes dejar de ver a Jorge –Acostó a su hijo y lo arropó–. Tranquilo Raúl, nadie volverá a hacerte daño ¿Entendido?
–Entendido, papá.
Ya de noche, en la cocina se encendió la luz del intercomunicador iluminando la estancia.
–Ya has oído a mi papá, Jorge –La voz de Raúl no era más que un leve murmullo–. Si
vuelves a hacerme daño, me chivaré de todo lo que me has obligado a hacer. ¿Entendido?
Tras un breve silencio, la luz del intercomunicador parpadeaba hasta que se iluminó y un infantil susurro, mezclado con interferencias electromagnéticas, hizo vibrar el pequeño altavoz.
–Entendido.
–Raúl, ¿has tenido una pesadilla? –dijo tras sentarlo en la cama.
–No papá. Jorge me ha empujado de la cama.
–Pero si estás solo –¿Cuando se daría cuenta que Jorge existía solamente en su cabeza?–. Debes dejar de ver a Jorge –Acostó a su hijo y lo arropó–. Tranquilo Raúl, nadie volverá a hacerte daño ¿Entendido?
–Entendido, papá.
Ya de noche, en la cocina se encendió la luz del intercomunicador iluminando la estancia.
–Ya has oído a mi papá, Jorge –La voz de Raúl no era más que un leve murmullo–. Si
vuelves a hacerme daño, me chivaré de todo lo que me has obligado a hacer. ¿Entendido?
Tras un breve silencio, la luz del intercomunicador parpadeaba hasta que se iluminó y un infantil susurro, mezclado con interferencias electromagnéticas, hizo vibrar el pequeño altavoz.
–Entendido.
sábado, 7 de diciembre de 2013
A la sombra de un sauce
A LA SOMBRA DE UN SAUCE
Las llamas lamían el cielo del bosque como si de un caramelo en la boca de un niño se tratase. Los animales procuraban huir de una muerte segura, se oían sus ruidos, sus lamentos y sus pisadas tan cerca que podría tocarlos. Soplaba el viento intentando sofocar el fuego. Los árboles, impotentes, se convertían en antorchas iluminando la oscura noche, se les podía escuchar pidiendo ayuda mientras el fuego masticaba sus ramas. Las hojas caían al suelo ardiendo como en un otoño infernal. En un pestañeo todo se convirtió en cenizas.
No llegaba suficiente aire a sus pulmones. El corazón de Arthur amenazaba con salir disparado por la boca al bombear sangre por sus arterias. Solo quería correr y llegar a casa. Podía verla al fondo, inundada en llamas. No existía el techo y las paredes amenazaban con derrumbarse. El calor era insoportable .
Por más que corría con todas sus fuerzas, no conseguía avanzar ni un solo paso. Su impotencia crecía, sus piernas le dolían y su garganta le quemaba como si hubiera bebido licor barato. Esquivaba los árboles en llamas cuando sintió que una mano le retenía impidiéndole avanzar. Extrañado giró sobre si mismo para verse reflejado, con las llamas de fondo, sobre la visera del casco que llevaba puesto un bombero.
–Lo siento señor. No hemos podido hacer nada.– La voz se deshizo como copos de nieve sobre el asfalto.
Se incorporó de un salto en la cama. El sudor le empapaba toda la cara y, como le había ocurrido anteriormente en el sueño, le faltaba el aire. Recordaba bien el sueño,el mismo que noche tras noche le martirizaba. Miró por la ventana, tras la oscuridad de la noche sabía que se escondían sus árboles, su huerto y su jardín de sauces llorones, compuesto por tres sauces, constituían un cuadrado al que le faltaba una esquina, es decir un triángulo. «Voy plantándolos poco a poco, seleccionando los árboles para que crezcan incluso cuando yo no siga aquí», solía decir cuando le preguntaban.
Última hora: tres hombres de edades comprendidas entre los 34 y los 48 años, han desaparecido sin dejar rastro en la montaña, cerca de su casa. Nos cuenta los detalles Kiara Johnson. Adelante Kiara:
–Hola a todos. En efecto y por desgracia tienes toda la razón. En estos momentos se está procediendo al peinado de la zona sin apenas resultados. Los familiares y amigos de los desaparecidos, así como la guardia local, están esperanzados en encontrarlos sanos lo antes posible. Según nos informa el portavoz de la búsqueda, por ahora no han podido esclarecer las circunstancias que han favorecido a la desaparición de estos veteranos. Perdone caballero, ¿Puede decir su nombre?
–Sí, señorita, me llamo Arthur –respondió una voz en la pantalla.
–¿Conoce usted a los desaparecidos?
–No señorita. Quizás los conozco de vista, pero servidor no tiene demasiados amigos en el pueblo. Disculpe, tengo algo de prisa.
–Gracias por su colaboración. A continuación verán en sus pantallas sus nombres y sus fotografías, cualquier ayuda será bien recibida: John Smith de 34 años, Joseph Menguele de 38 y Michael Moore de 48 años de edad.
La imagen del televisor se convirtió en un punto en el centro de la pantalla para luego desaparecer sin más. No le gustaba quedarse dormido con la televisión puesta, pero odiaba que le despertara su sonido y más cuando le habían entrevistado a él. Tras una ducha para apartar las pesadillas de su mente, se dispuso a afeitarse. Pensaba que jamás dejaría de tener ese sueño, como jamás perdería de vista las cicatrices de su cara.
Era aún de noche, lo sabía, podía oír a los búhos fuera. Se sirvió un vaso de leche y salió de la casa en dirección hacia la cabaña. Como de costumbre, se paró a mirar el correo. Todas las cartas eran facturas a su nombre: Arthur Miller.
Todavía sentía el sudor frío que le había producido la pesadilla. Esa maldita frase que le cambió la vida: «No hemos podido hacer nada por ella» se repetía en su cabeza todas las noches, visitándole en cada uno de sus sueños convirtiéndolos en la misma pesadilla de siempre.
Abrió el candado y la cerradura de la puerta de la cabaña. Al encender la luz, encontró a su rehén atado de pies y manos, con los ojos tapados y la boca tapada con un pañuelo, tal y como lo había dejado.
–Hola Michael. Voy a quitarte la venda de los ojos y si te portas bien te quitaré la que te tapa la boca. ¿Entendido?
Michael solo pudo hacer algo parecido a un gruñido, al que Arthur entendió como un sí. Al destaparle los ojos apartó la mirada, como si la propia luz le quemara las retinas. Pasó un rato hasta que se habituaron las pupilas.
–Tranquilo Michael –Al ver su cara de extrañado, comprendió que quizás no lo conocía–. Llevo siguiendo tus pasos hace años, desde aquel fatídico día en que tú y tus amigos prendisteis fuego al bosque donde La Solana. ¿Recuerdas? Sí, yo por entonces vivía allí con mi esposa.
Tras dejar la taza con leche en la mesa, le quitó la mordaza a su rehén para dejarlo hablar.
–Creo que se equivoca –Su respiración le impedía decir dos palabras seguidas–. No sé siquiera de que me habla. Yo solo iba de pesca con unos amigos
–Calla y escucha o volveré a taparte la boca –No le quedó más remedio a Michael que hacer lo que le decía–. Esa noche, como algunas otras, salí a pescar a un pantano. Dejé a mi mujer, acompañada de nuestro perro, tras la cena. Horas después, al volver, lo primero que pude ver fue la claridad en mitad de la noche. Los guardias, tras decirles que mi casa estaba allá arriba, me dejaron pasar. Mi casa ardía y con ella toda mi ilusión, todos mis planes, todo se convertía en cenizas.
El silencio inundó entonces el habitáculo. Arthur, intentaba buscar las palabras exactas.
–Al llegar a la puerta –siguió–, los bomberos estaban intentando apagar las llamas del techo pero el viento no ayudaba mucho. En un descuido conseguí adentrarme en la casa y di voces llamando a mi mujer. Nadie respondió, ni siquiera nuestro perro.
Mientras escuchaba, Michael intentaba desatarse, pero solo conseguía rasgarse las muñecas.
–Lo siguiente que recuerdo es a los bomberos. Me dijeron que no habían podido salvarla. Encontraron su cuerpo junto a la de nuestro perro, jamás la abandonaba.
Arthur se sentó en una silla, justo enfrente de Michael. Estaba claramente dolido, pero parecía no escuchar ninguna palabra de su rehén.
–Después de aquel día, solo me quedaba la memoria de mi esposa y estas cicatrices –Hizo una pausa para dar un trago de su vaso de leche–. Viajé mucho, buscando huir del dolor de haberla perdido, pero ese dolor siempre viajaba conmigo. Durante todo este tiempo he pensado cómo iba a hacerte pagar todo el daño que me hiciste, a mi mujer y al bosque.
–¡No, no me mates, por favor, no me mates, te lo ruego!
Arthur seguía hablando mientras oía las palabras de su rehén.
–Tras perderlo todo, solo pude viajar. Intentar olvidar a través de la distancia, visitando lugares del mundo que muchos dirían que ya no existen. El tíbet, por ejemplo, donde tienen un ritual con sus difuntos cuanto menos sorprendente. Después de tres días guardando al difunto, rezando por él para que se reencarne en otro ser vivo, lo llevan al monte donde dan de comer su cuerpo a los buitres. Lo denominan «entierro en el cielo».
Michael negaba con la cabeza cada palabra que oía. No entendía como ese hombre conocía el secreto que llevaba tantos años guardado.
¿Cómo iba a olvidarlo? Solo el hecho de rememorar el fuego le excitaba. Sentía su sangre correr por sus venas, recorriendo todo su cuerpo hasta llegar a las paredes del corazón con cada latido. Incluso ya desde pequeño ya tenía esa sensación de asombro y fascinación al ver las llamas donde su abuelo calentaba la comida. Aunque jamás lo reconocería, jamás permitiría ya que encerrado no le dejarían admirar el fuego. Es imposible que lo supiera. Siempre utilizaba temporizadores naturales, que con el tiempo había aprendido a fabricar, para distraer las posteriores investigaciones.
–El inconveniente es que por estos lares no hay muchos buitres, pero si hay muchos árboles que alimentar.
Dio un último trago de su vaso de leche. Busco entre los cajones de la mesa y sacó un cuchillo de montería. El reflejo de la luz subió desde las rodillas hasta los ojos de su rehén.
–Ha llegado la hora.
Horas después el sol aparece por el horizonte y encuentra a Arthur removiendo la tierra. El viento, por su parte, mueve las hojas de los sauces que están a su alrededor. Conforme va amaneciendo, Arthur termina de plantar un árbol. Ha hecho un gran hoyo para un árbol tan pequeño. Una vez trasplantado el pequeño sauce llorón, suelta la pala y bebe un trago de agua. Ha sido una noche muy larga, pero se siente satisfecho. Observa cómo su pequeño árbol crea ya una sombra en el suelo con los primeros rayos del día.
–Ahora tu cuerpo alimentará a este árbol que crecerá y dará sombra al lugar donde antes estaba ubicada mi casa. Tu alma se reencarnará en el guardián de los árboles y el bosque. Serás como las antiguas dríades cuidando del bosque, corriendo su misma suerte. Ese será tu castigo, en tu muerte cuidarás lo que en vida destruiste.
...Volvamos con otros asuntos más cercanos. Se ha paralizado la búsqueda del único senderista perdido en el bosque. Recordemos la noticia:
La desaparición de tres senderistas azotó la sensibilidad de los compañeros de afición, asi como la de toda la población ayudando a las autoridades a buscarlos. Días después fueron encontrados dos de ellos: John Smith y Joseph Menguele. Fueron encontrados en lugares distintos y claramente desorientados. Ninguno recuerda nada de esa noche ni de que fue de su compañero desaparecido Michael Moore.
Hoy las autoridades han dado por concluidas las labores de búsqueda del senderista. Nos cuenta más detalles, como siempre, Kiara Johnson. Adelante Kiara:
–Hola a todos. Tras meses de rastreo, sin ningún resultado, se procede a cancelar la búsqueda del cuerpo del único senderista que sigue desaparecido. Tanto las autoridades locales, como vecinos se han retirado de las montañas tras ver fracasada sus labores de búsqueda.
lunes, 11 de noviembre de 2013
Buenas noches vida mía.
No quería irme a dormir sin dedicarte las mejores palabras. ¿Por qué?. Por lo de siempre. Porque no dejo de agradecer al destino que hoy, después de soñar tantos años, estés aquí sentada a mi lado.
Que desde que estoy contigo, has conseguido sacar lo mejor que tenía en mi interior. Jamás me ha faltado tu apoyo para ninguna de mis ideas por muy descabellada o infantil que pudiera ser.
Solo deseo corresponderte a todo lo que me das. Eso sí, te lo devolveré poco a poco, para que dure toda la vida y aún así estaré en deuda contigo.
Que desde que estoy contigo, has conseguido sacar lo mejor que tenía en mi interior. Jamás me ha faltado tu apoyo para ninguna de mis ideas por muy descabellada o infantil que pudiera ser.
Solo deseo corresponderte a todo lo que me das. Eso sí, te lo devolveré poco a poco, para que dure toda la vida y aún así estaré en deuda contigo.
domingo, 15 de septiembre de 2013
Carta hallada en una botella
Sirva este arrugado papel para dejar constancia de mi existencia, a la vez que mi propio testamento y mi última voluntad.
Me llamo Edward, nombre que en el día de mi nacimiento heredé de mi padre y éste a su vez lo hiciera del suyo como un regalo que pasa de generación en generación sin que el tiempo transcurra por él.
He vivido tantas alboradas que mi mente, solidaria con mi edad, las difumina con los crepúsculos que contemplé. Aún mantengo entre mis recuerdos que muchos de esos amaneceres los compartiste conmigo.
He aquí mi escasa herencia:
Estos suspiros que escapan de mis pulmones sin mirar atrás, emulando a Orfeo en su huida del inframundo, mis exhalaciones serán donadas al viento para, quizás así, poder acariciarte una vez más.
Estas lágrimas, que arrojadas al mar como será este mensaje, se mezclarán con la sal que habita en estas aguas cristalinas.
Esta piel, en otro tiempo acariciada por la brisa y en ocasiones por tus manos, ahora ya marchita por la senda recorrida por el tiempo, la dejo en herencia a la tierra donde descanse mi cuerpo.
Mis palabras las dispondré sobre este papel que como yo consiguió salvarse y solo espero que aguante más que mi propio aliento.
Es mi único deseo mi amor que, al recibir esta carta, sepas lo mucho que te anhelo.
Más triste que la soledad y la inevitable muerte, que sentada a mi lado espera que termine estas líneas, es no poder volverte a ver.
Fdo: Edward Lane.
Me llamo Edward, nombre que en el día de mi nacimiento heredé de mi padre y éste a su vez lo hiciera del suyo como un regalo que pasa de generación en generación sin que el tiempo transcurra por él.
He vivido tantas alboradas que mi mente, solidaria con mi edad, las difumina con los crepúsculos que contemplé. Aún mantengo entre mis recuerdos que muchos de esos amaneceres los compartiste conmigo.
He aquí mi escasa herencia:
Estos suspiros que escapan de mis pulmones sin mirar atrás, emulando a Orfeo en su huida del inframundo, mis exhalaciones serán donadas al viento para, quizás así, poder acariciarte una vez más.
Estas lágrimas, que arrojadas al mar como será este mensaje, se mezclarán con la sal que habita en estas aguas cristalinas.
Esta piel, en otro tiempo acariciada por la brisa y en ocasiones por tus manos, ahora ya marchita por la senda recorrida por el tiempo, la dejo en herencia a la tierra donde descanse mi cuerpo.
Mis palabras las dispondré sobre este papel que como yo consiguió salvarse y solo espero que aguante más que mi propio aliento.
Es mi único deseo mi amor que, al recibir esta carta, sepas lo mucho que te anhelo.
Más triste que la soledad y la inevitable muerte, que sentada a mi lado espera que termine estas líneas, es no poder volverte a ver.
Fdo: Edward Lane.
lunes, 15 de julio de 2013
La estación de los recuerdos (I concurso verano Abretelibro.com)
El camino empedrado que habíamos elegido esa tarde era muy similar al de todos los días. Era lo que conllevaba la rutina, que todo acababa siendo igual. Sus ojos, observaban los objetos como si se tratara de su primera vez. Su forma de caminar se asemejaba demasiado a la mía, por algo llevábamos la misma sangre.
–Mira estos árboles. ¿Ves como se mueven? Intentan quitarse el sombrero al vernos pasar y decirnos: «saludos caballeros, que tengan una buena tarde» –dije riendo bajo la sombra de los cipreses para que se sintiera más cómodo. Su silencio, siempre constante, hizo de telón sobre mis palabras.
Nuestros pasos avanzaban más lento que el ocaso del día. El color rojo del cielo se iba apagando poco a poco mientras recorríamos la tarde, como cada veraniego atardecer.
–Ese color rojo del cielo es la forma que tiene el sol de decirnos hasta mañana. Si pudiéramos ver el mar, verías como se baña en él cada tarde. Ahora es turno de la luna, ¿la puedes ver? –Señalé a un punto del cielo con la mano consiguiendo que mirara y se quedara con la boca abierta– Cuentan que la luna es la amante del sol, que en los días nublados, cuando no podemos verlos, se aman sin nuestros ojos curiosos. ¿Cómo no amar algo tan brillante? Quizás todos buscamos algo que nos ilumine mientras recorremos este oscuro camino que es la vida, ¿No crees? –Seguía mirando al cielo, su boca era una exclamación silenciosa– Las malas lenguas dicen que sin el sol no brillaría la luna. Pero en el fondo tienen razón, cuando estamos enamorados brillamos más que nunca y la ella no iba a ser menos.
Se oía ya cerca el agua cuando se cruzó una estrella fugaz en el cielo oscurecido.
–¡Mira, pide un deseo! –Apremié– Pídelo en silencio, si lo dices no se cumplirá –. Cerró los ojos muy fuerte, quería concentrarse. Cuando los abrió, pude ver como se le dibujó una sonrisa en los labios, era la mejor recompensa.
Tras llegar a la orilla, nos sentamos en el mismo banco de siempre, al que convergían todos los caminos. Los mosquitos aprovechaban este lugar para parar a beber.
–Aquí en la superficie del estanque, es donde alisa su brillante pelo, donde se pinta los ojos y los labios para que el sol la vea más guapa–. Le explicaba mientras el reflejo de la luna ondulaba en la superficie del agua, donde también se podían ver algunas estrellas si el cielo estaba despejado– Si te fijas bien, las estrellas cuchichean con la luna, ríen y se cuentan secretos al oído para que no las oigamos, que coquetas son ¿Verdad?
A pesar de su silencio su mirada era muy expresiva, observaba con una gran curiosidad. Nada escapaba a su interés. A veces lo veía cerrar los ojos, sentir como el viento le acariciaba la cara y le susurraba al oído el sonido de los pájaros. Me encantaba verlo así.
Regresamos por el mismo camino empedrado, le hacía sentir seguro. A nuestra espalda quedaron los árboles con su insinuante movimiento, el viento compartiendo secretos entre susurros, las estrellas jugueteando con la luna y los insectos que son constantes en esta estación.
Atrás quedaron nuestros pasos de una tarde veraniega y delante de nosotros, como el inapelable otoño, la puerta donde nos esperaba su cuidadora María.
–No sabes el bien que le hace pasear contigo y que le cuentes esos cuentos que solo tú sabes –dijo tras darnos sendos besos y cogerle del brazo.
–Sí, ya lo veo –contesté con la cabeza baja–. Ya no recuerda que fue él quien antes me llevaba de la mano por caminos como éstos, quien me narraba estas mismas historias que ahora le cuento cada tarde.
–Lo siento pequeño, la vida no perdona –dijo mientras me miraba directamente a los ojos–. Seguro que conoces la frase «Paren el mundo que yo me bajo aquí». Piensa que en algún momento de su vida decidió que se bajaba aquí, que ser adulto lo superaba y se convirtió en el niño que anhelaba ser.
No tuve más remedio que mirarlo. Sus ojos me observaban como antes, perdidos entre la oscuridad de la tarde.
–La vida es un ciclo hijo mio. Ahora nos vamos a descansar. ¿Volverás mañana con nuevos cuentos? –Solo pude asentir con la cabeza.
Como cada noche lo vi entrar en el edificio. Daba pequeños pasos mirando hacia atrás para verme de reojo. Como cada noche mi alma se rompía en pedazos para volverse a componer al llegar el siguiente atardecer.
–Mira estos árboles. ¿Ves como se mueven? Intentan quitarse el sombrero al vernos pasar y decirnos: «saludos caballeros, que tengan una buena tarde» –dije riendo bajo la sombra de los cipreses para que se sintiera más cómodo. Su silencio, siempre constante, hizo de telón sobre mis palabras.
Nuestros pasos avanzaban más lento que el ocaso del día. El color rojo del cielo se iba apagando poco a poco mientras recorríamos la tarde, como cada veraniego atardecer.
–Ese color rojo del cielo es la forma que tiene el sol de decirnos hasta mañana. Si pudiéramos ver el mar, verías como se baña en él cada tarde. Ahora es turno de la luna, ¿la puedes ver? –Señalé a un punto del cielo con la mano consiguiendo que mirara y se quedara con la boca abierta– Cuentan que la luna es la amante del sol, que en los días nublados, cuando no podemos verlos, se aman sin nuestros ojos curiosos. ¿Cómo no amar algo tan brillante? Quizás todos buscamos algo que nos ilumine mientras recorremos este oscuro camino que es la vida, ¿No crees? –Seguía mirando al cielo, su boca era una exclamación silenciosa– Las malas lenguas dicen que sin el sol no brillaría la luna. Pero en el fondo tienen razón, cuando estamos enamorados brillamos más que nunca y la ella no iba a ser menos.
Se oía ya cerca el agua cuando se cruzó una estrella fugaz en el cielo oscurecido.
–¡Mira, pide un deseo! –Apremié– Pídelo en silencio, si lo dices no se cumplirá –. Cerró los ojos muy fuerte, quería concentrarse. Cuando los abrió, pude ver como se le dibujó una sonrisa en los labios, era la mejor recompensa.
Tras llegar a la orilla, nos sentamos en el mismo banco de siempre, al que convergían todos los caminos. Los mosquitos aprovechaban este lugar para parar a beber.
–Aquí en la superficie del estanque, es donde alisa su brillante pelo, donde se pinta los ojos y los labios para que el sol la vea más guapa–. Le explicaba mientras el reflejo de la luna ondulaba en la superficie del agua, donde también se podían ver algunas estrellas si el cielo estaba despejado– Si te fijas bien, las estrellas cuchichean con la luna, ríen y se cuentan secretos al oído para que no las oigamos, que coquetas son ¿Verdad?
A pesar de su silencio su mirada era muy expresiva, observaba con una gran curiosidad. Nada escapaba a su interés. A veces lo veía cerrar los ojos, sentir como el viento le acariciaba la cara y le susurraba al oído el sonido de los pájaros. Me encantaba verlo así.
Regresamos por el mismo camino empedrado, le hacía sentir seguro. A nuestra espalda quedaron los árboles con su insinuante movimiento, el viento compartiendo secretos entre susurros, las estrellas jugueteando con la luna y los insectos que son constantes en esta estación.
Atrás quedaron nuestros pasos de una tarde veraniega y delante de nosotros, como el inapelable otoño, la puerta donde nos esperaba su cuidadora María.
–No sabes el bien que le hace pasear contigo y que le cuentes esos cuentos que solo tú sabes –dijo tras darnos sendos besos y cogerle del brazo.
–Sí, ya lo veo –contesté con la cabeza baja–. Ya no recuerda que fue él quien antes me llevaba de la mano por caminos como éstos, quien me narraba estas mismas historias que ahora le cuento cada tarde.
–Lo siento pequeño, la vida no perdona –dijo mientras me miraba directamente a los ojos–. Seguro que conoces la frase «Paren el mundo que yo me bajo aquí». Piensa que en algún momento de su vida decidió que se bajaba aquí, que ser adulto lo superaba y se convirtió en el niño que anhelaba ser.
No tuve más remedio que mirarlo. Sus ojos me observaban como antes, perdidos entre la oscuridad de la tarde.
–La vida es un ciclo hijo mio. Ahora nos vamos a descansar. ¿Volverás mañana con nuevos cuentos? –Solo pude asentir con la cabeza.
Como cada noche lo vi entrar en el edificio. Daba pequeños pasos mirando hacia atrás para verme de reojo. Como cada noche mi alma se rompía en pedazos para volverse a componer al llegar el siguiente atardecer.
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