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domingo, 6 de noviembre de 2016

La Huella del Minutero (XI Concurso de Primavera de Abretelibro.com)

La huella del minutero

Cada espectador fue tomando su asiento. Ansiosos por ver el espectáculo que durante tanto tiempo llevaban anunciándoles en carteles y por el que habían pagado un buen precio por su entrada el día de estreno. El teatro, al igual que sus espectadores, vestía sus mejores galas para el gran estreno de la temporada. Se había cambiado la iluminación, ultimando los detalles para que la acústica fuese perfecta, pintado los palcos resplandeciendo de forma áurea. La platea lucía cada asiento con la tapicería renovada de terciopelo color rojo y con maderas de color platino. Cada butaca que conformaba el patio podría considerarse una obra de arte. El escenario se escondía detrás del telón que, de color verde bordado con hilos de oro, deslumbraba por todo el trabajo que llevaba haberlo fabricado.
Tobías miró su reloj. Según las manecillas, quedaban unos minutos para que empezara el espectáculo. Alrededor podía observar a la gente hablando en susurros con su vecino de asiento. Los caballeros vestían trajes donde predomina color negro y camisa blanca. Se podía notar el máximo cuidado que habían tenido al acicalarse y el olor de sus perfumes inundaba toda la sala ahogando el oxígeno existente. Las damas por su parte lucían vestidos de color blanco deslumbrando con su belleza.
Tobías volvió a mirar su reloj. Las manecillas se habían vuelto unas perezosas, no querían avanzar. Miró esta vez al escenario, su cortinaje e imaginó detrás su conjunto de engranajes, poleas, cuerdas, la tramoya y tantos mecanismos necesarios que si uno solo fallase, por pequeño que fuese, hasta la persona más profana vería que algo no iba bien. Como los relojes que fabricaba, consistía en una coreografía sincronizada para un baile de piezas engrasadas.
Aparecieron los músicos por un lateral andando hacia su foso. El espectadores, ajena a su llegada, seguían pendientes de sus conversaciones hasta que apareció el director de la orquesta. Los aplausos entonces resonaron en toda la sala, incluso en la calle se podrían oír para después dejar paso a un silencio sepulcral. La sala se quedo a oscuras, salvo algunas lámparas encendidas, sumiendola en un ambiente propicio. Por fín iba a empezar el primer acto. Tobías guardó su reloj.
Nota a nota, marcado por el compás, el sonido de una flauta conducía la melodía, dirigiendo a los instrumentos de cuerda y vistiéndo al teatro de sinfonía. El sonido llegaba al público servido en cojines de terciopelo. Acorde tras acorde, engalanados de adagio, advertían la entrada en escena a cada lado del escenario de los primeros bailarines que se cruzaban en el centro y hacían mutis por el foro, creando una coreografía sincronizada con cada movimient de la orquesta. «Se me va a hacer eterno» pensó Tobías, mirando su reloj. En sus pensamientos sumido estaba cuando la melodía cambió para dar paso a quien debería ser la reina. Al menos por su belleza, lo parecía. Iluminaba por si sola todo el escenario sin necesidad de focos. Sus pies flotaban sobre la tarima como una mariposa sobre los pistilos de una flor deseosa de fecundar. Hipnotizó a la mitad del aforo y encendió la llama de los celos de la otra mitad. El alma de cada adagio, de cada allegro podía verse en cada salto, en cada giro en cada mirada, en cada uno de sus movimientos.
Acto tras acto, telón tras telón, el público vibraba con cada secuencia de la historia, con cada movimiento de cada uno de los integrantes del reparto hasta el final. Sin duda había merecido la pena asistir al estreno, pensó Tobías tras el acto final. Volvió a subir el telón para que los bailarines agradeciesen el estruendo formado por los aplausos del público puesto en pie. Sin darse cuenta, llevaba tiempo sin mirar el reloj y aplaudía, sumido por el clímax que había alcanzado toda la platea mientras los bailarines desaparecían tras el telón.
Terminada ya la función, Tobías únicamente quería volver a casa lo más rápido posible y desaparecer. Sólo hacía mirar el reloj e intentar salir de entre la masa de gente que se agolpaba en los pasillos del teatro.
–¡Tobías! –oyó su nombre mientras le agarraban el brazo. Odiaba que le tocasen– ¿Pensabas irte tan pronto? Vamos, la noche acaba de empezar. No sabía que te gustara el ballet.
–Hola, Timo. Sí, claro que me gusta. –contestó Tobías soltándose sutilmente el brazo.
–Veo señores que ya se conocen –dijo Hans, el director del teatro, que mantenía una conversación con Timo–. El señor Tobías ha sido el encargado de la fabricación del reloj que viste nuestra fachada. El señor Timo, por su parte, me comentaba que le ha parecido una verdadera obra de arte de la relojería.
–Sí, creo que hice bien cuando invertí en la restauración de este teatro. Su mano se notará en cada campanada, señor Tobías.
–Gracias, señores. Ha sido un placer construir ese reloj, aunque es mi trabajo –respondió fingiendo una sonrisa Tobías, sin dejar de mirar el reloj de bolsillo–. Ahora, si me disculpan, tengo algo de prisa.
–Una persona muy particular, este señor –dijo Timo, una vez se encontraba solo con el director.
–Todos los genios tienen una personalidad muy particular. Venga, le voy a presentar al elenco de bailarines y bailarinas del teatro. Acompáñeme, conocerá a Elisabeth, nuestra reina.
–Será un placer –dijo Timo, siguiendo al director por los pasillos oscuros del reestrenado teatro.
Sin duda el estreno había sido un éxito. Al día siguiente todo el mundo hablaba de la obra, era el tema de conversación en las calles. Nadie reparó en que la relojería tiene la puerta cerrada, que dentro se oían ruidos propios de un taller donde parecían trabajar ciento de personas, aunque sólo lo regentase Tobías. Días y días de taller cerrado, sin ningún cartel avisando de la enfermedad del propietario para tranquilizar a su discreta clientela. «Tiene que tener un proyecto importante» decían, «es un buen relojero, seguro que tiene encargos de la capital» murmuraban. Sin embargo, cada tarde se le podía ver salir de su taller, vestido de traje y sombrero de copa, sin dejar de mirar su reloj, en dirección al teatro.
Elisabeth era la bailarina principal, la reina que realizaba el solo del tercer acto, la estrella de cada actuación. Se dejaba agasajar por los aplausos del público, por los comentarios que oía tras el telón cada noche. Joven, bella y hacía lo que más le gustaba y no podía ser más feliz. Llevaba un par de noches exultante de felicidad. En los camerinos, cuando cuelga a la reina para volver a ser Elisabeth, siente que le falta un brazo que le acompañe al hogar, que le susurre versos al oído o simplemente que la lleve al campo a pasar el día. Por esa misma razón no rechazó la idea de aquel señor adinerado que le invitaba a pasear en carro de caballos después de cada espectáculo.
Todas las noches, Tobías paseaba buscando una sombra que le cobijara en la oscuridad para observar a Elisabeth salir del teatro. La veía esperar, sin sentirse observada, ataviada con un pañuelo sobre la cabeza, tratando así de no ser reconocida, hasta que la recogía una calesa de caballos, propiedad sin duda de Hans. Tobías no abandonaba el lugar hasta que dejaba de oír el sonido de las ruedas contra el suelo, sólo entonces volvía a encerrarse en su taller.
Llovía sobre los charcos a las puertas del teatro, donde el espectáculo de esa noche había sido sublime. La sincronía de los bailarines era ya muy lograda con el paso de los días y se notaba en la actuación. A la salida, Tobías, escondido en la sombra de su esquina, observaba a Elisabeth guarecerse de la lluvia esperando su coche de caballos. No dejaba de mirar su reloj, era prácticamente un tic que le acompañaba incluso en la oscuridad, donde no podía ver las manecillas. Dado el tiempo transcurrido y visto que no aparecería coche alguno, la bailarina volvió a recogerse al interior del teatro. Tobías salió de su oscuridad e inició el camino a casa pegado a las paredes, buscando la oscuridad.
Siguieron las noches de carros que nunca llegaron, de ilusiones rotas y de ropa calada hasta los huesos por la lluvia. Elisabeth, una tarde sin función, acudió al taller del relojero que había fabricado el reloj de la fachada del teatro. Sentía curiosidad por ese hombre que fabricaba máquinas que funcionaban solas. Cruzó la puerta y sonó un pequeño timbre que avisaba cuando alguien entraba. Apareció Tobías, quien al verla allí en su propia tienda, se ruborizó enseguida.
–Buenas tardes, señorita –saludó intentando evitar su rubor–. ¿En qué puedo servirla?
–Buenas tardes, señor –contestó Elisabeth–. Quería conocer la tienda, que me asesorara en la compra de un reloj y ya de paso conocer a un espectador muy especial. Sé que usted nos ve cada noche desde el palco número cinco ¿No es así?
–Así es. El director me ofreció un pase diario para ver la función, aunque siendo sinceros, creo que no se fía del funcionamiento de mi reloj. –Ambos rieron con el comentario– Deme un minuto por favor. Ahora mismo le atiendo.
Se quedó sola en la tienda, mirando las vitrinas y los cuadros que decoraban la estancia. Empezó a pensar que Tobías mentía muy mal. Todas esas noches, mientras bailaba, sabía que el espectador del palco número cinco sólo tenía ojos para ella, que acudía cada noche para ver cómo bailaba, cómo se movía y cómo le miraba. Sin duda ese hombre estaba loco por ella, pero era tan reservado... La puerta se abrió y pudo ver en el interior una forma humana tapada por una tela. Se sobresaltó por un momento.
–¿Qué le pasa? ¿Está usted bien? –Se preocupó el relojero.
–Disculpe mi intromisión, pero me ha parecido ver que tenía a alguien ahí, con usted.
–No, no se asuste. Es un proyecto personal en el que estoy trabajando. –Trató de tranquilizar el relojero.
–Oh, por un momento pensé que... Ay dios, discúlpeme.
–Bien, no se preocupe. Ahora ¿Puedo ayudarle en algo?
–Si le soy sincera, tengo curiosidad de ver ese proyecto en el que está usted trabajando.
–Cuando cierre la tienda, podrá ver mi proyecto. Usted y sólo usted podrá verlo, pero no podrá comentar nada con nadie. Como le he dicho, es muy personal.
–Esperaré aquí sentada pues, a que acabe su jornada.
Así lo hizo, esperó sentada en una silla a que pasaran las horas hasta que el reloj marcara la hora del cierre. Durante ese tiempo pudo observar cómo Tobías se sumergía a través de su monóculo en un mundo diminuto de engranajes, cogía con sumo cuidado las piezas y las colocaba con la precisión y paciencia necesaria. Estaba convencida que un hombre tan tímido no la miraría tan fácilmente, que tendría que dar ella el primer paso o no conseguiría llamar su atención. Pasó el tiempo despacio, el ruido de los relojes le recordaba cada segundo que pasaba y que no volvería jamás. Más tarde, Tobías se levantó y cerró la puerta de la calle, dando por terminada la jornada del día.
–¿Sigue segura usted de querer ver mi proyecto? –preguntó antes de echar el pestillo y cerrar definitivamente.
–Segurísima –dijo ella, ilusionada de pensar en quedarse a solas con él.
–Sígame.
Tras cerrar completamente la puerta y correr las cortinas, se dirigió hasta la puerta de la trastienda dejando pasar a Elisabeth. La estancia era un taller más espacioso que la pequeña tienda desde la que se accedía. Lleno de piezas metálicas y engranajes como ruedas de coches o pequeñas como zarcillos, colocados por tamaño. El ambiente estaba impregnado de un olor a aceite, madera y metal que embriagaba los sentidos. En el centro, hacia donde se dirigían, se observaba un objeto antropomorfo, tapado por una tela blanca que llegaba hasta el suelo, sin dejar poder ver ni rastro de detalle. La curiosidad aumentaba conforme se acercaban.
–Será usted la primera persona que lo verá, después de mí –dijo Tobías mirando la obra sin destapar–. Como le he dicho se trata de un proyecto personal. Llevo tiempo trabajando mis ratos libres en él, pero hasta hace poco no he encontrado la manera de terminarlo.
–Un proyecto personal –susurró Elisabeth–. Debe ser difícil poder financiar un proyecto tan «grande».
–El dinero lo estropea todo –Comenzó a hablar sin mirarla a los ojos–. Desde pequeño, mi deseo siempre fue ser relojero, pues me apasionaba ver moverse los aparatos inertes. Manecillas sin vida empujadas por algún misterioso mecanismo, dibujando un círculo sin fin. No encontraba explicación de cómo y por qué parecían cobrar vida, pero quería saberlo. Deseaba abrir uno de esos aparatos y ver qué demonio habitaba dentro para hacer esa magia inerte. Crecí y, aunque mi curiosidad por encontrar demonios desapareció, mi interés por dar vida y sentido a materiales inertes seguía viva en mí. Hice todo lo posible por estudiar el funcionamiento de los sistemas de engranajes que movían el mundo, hasta que comprendí que no tendría vida suficiente para comprenderlo del todo. Pero con el tiempo entendí que el dinero era el «leiv motiv», el motor que movía, en muchas ocasiones, las manecillas del mundo. Tuve que hacer relojes en serie en talleres donde fui aprendiz, sin pararme a pensar siquiera cómo funcionaban, únicamente para conseguir dinero, para invertirlo en mi proyecto. Me convertí en un mercenario, realizaba mi trabajo con el interés de ganar dinero y no era eso para lo que yo había venido a este mundo. Quería hacer mis propios mecanismos, pero hasta para eso necesitaba financiación. He aquí que a día de hoy me encuentro fabricando relojes para teatros. Así como relojes de bolsillo, donde las personas pueden guardar sus fotos. Irónica forma de conservar un recuerdo, en una máquina que mide el tiempo. De cualquier forma, aquí se encuentra mi maravilla, mi obra maestra que con su permiso le voy a mostrar.
Elisabeth se sentía dichosa de poder ser testigo en fila cero, a manos de su creador. Tobías agarró la tela y tiró haciéndola volar, dejando la figura de una bailarina que se encontraba de espaldas a ellos. Se mantenía con un pie en el suelo mientras que el otro se encontraba suspendido en el aire hacia su espalda. La cabeza y los brazos los tenía dispuestos hacia adelante, daba la sensación de que iba a moverse en cualquier momento, que el tiempo se había congelado, castigándola a mantener una postura tan incómoda toda la eternidad.
–¡Oh, qué preciosidad! –dijo Elisabeth– ¡Parece estar viva!
–Se trata de un autómata –comentaba él, mientras daba vueltas a una manivela–, una máquina que imita en forma y movimiento a una bailarina en este caso. Llevo años trabajando en su creación. Su mecanismo, compuesto por más de cinco mil piezas entre cadenas, discos, dientes y engranajes que, colocados de una configuración concreta, puede desempeñar varios movimientos distintos. No ha sido complicado, no tanto como conseguir tallar cada detalle como yo soñaba, como yo quería que fuera.
Dio vueltas a la pequeña manivela hasta que sonó un «clic». Paró, haciendo una pausa mientras meditaba qué iba a decir.
–He creado la mujer perfecta –prosiguió mientras rodeaba a la bailarina sin dejar de mirarla–, al menos para mí. Sus líneas la definen como una bailarina que nunca se cansa de bailar, capaz de mantener la misma posición durante años si yo quisiera. El minutero no marcará su huella en su piel.
Soltó la manivela y comenzó la bailarina a moverse con una música metálica de fondo. Ella reconoció enseguida la melodía conocida por «Für Elise», la conocida obra que Beethoven compuso a su amada. «Para Elisa. Sin duda otra prueba más de su amor por mí», pensó. Pero hasta que no vio la cara de la bailarina no confirmó sus pensamientos. Como si se mirase en un espejo, vio su imagen tallada en la bailarina. Cada detalle, cada lunar, cada resquicio era de ella.
–Es, es... ¡Es mi viva imagen! –dijo llena de ilusión.
–Sí –contestó Tobías–. La primera vez que te vi pensé que era imposible. Supuse inocente que había conseguido realizar el sueño de un Dios. Salí del teatro deseoso de llegar a mi taller, exhausto tras cada zancada, para comprobarlo. Abrí la puerta presuroso por saber si mi obra había cobrado vida. Tiré del harapo para descubrir que aún seguía aquí, que mi propia «Galatea» me esperaba sin vida en la misma posición que yo la dejé. Me sentí como un desdichado iluso.
Ella se le acercó compadeciéndose de su visible tristeza, queriendo hacerle ver que su musa era de carne y hueso, que no tenía razón para estar triste ya que la tenía delante. Absorta en sus pensamientos, acercándose poco a poco a su admirador se decidió a darle un beso. Una caricia robada de sus labios despertaría la pasión y el deseo que, tras su modestia, seguro escondía. Nadie se había negado jamás a uno de sus besos y ella lo sabía, como sabía cuándo un hombre la deseaba. Él, no sólo se sorprendió, sino que se retiró, dejándola con los labios suspendidos en el aire, esperando quizás como quién espera un carro de caballos que nunca llegará.
–Ruego, señorita, que salga de la tienda –dijo Tobías, claramente indignado mientras volvía a tapar a la bailarina para después salir y guiar a Elisabeth hasta la calle.
–¡Oh!, lo siento. No sé qué me ha podido pasar. –El rubor invadía todo su cuerpo y sus mejillas desprendían un calor que hacía tiempo que no recordaba– Ruego disculpe mi atrevimiento. Pensé...
Tobías cerró la puerta, dejándola con la palabra en la boca. Nunca le había pasado algo así. Se sentía raro, ya que él mismo no entendía por qué había rechazado a una dama tan bella como ella. Volvió al interior de su taller, se sentó en su silla de trabajo derrotado. Se dejó perder entre sus pensamientos y miró su reloj. Las manecillas le advertían que era hora de irse a la cama. Decidió que lo mejor era dormir un poco para dejar de pensar. Tiró decidido de la tela que tapaba su obra maestra y al verla se sintió lleno de orgullo por el resultado. Se acercó a ella, tan cerca que podía sentir el olor a madera, acarició la cara de la bailarina, cerró los ojos y la besó en los labios.
–Buenas noches, amor mio.


sábado, 24 de septiembre de 2016

Entrada especial del día internacional del Alzheimer


Se detuvieron las agujas del reloj. Sin previo aviso, el tiempo desapareció un instante, un fatídico momento en el que el mundo dejó de girar. Quizás nadie lo percibió. Tal vez la inercia provocó que las agujas pareciesen moverse aun estando quietas.

El viento por su parte se olvidó de correr. Los árboles se quedaron sin caricias ni galernas abruptas. Las hojas nacidas en primavera no soportaban más y se lanzaban al vacío en un desesperado acto de fe.

Por sus mejillas se deslizaban gotas de lluvia tratando en un acto frustado de enjugarle las lágrimas. Todos aquellos recuerdos, gota a gota, formaron una laguna en su memoria de la que no sabía salir, que quería ahogarle y hundirle en sus aguas. Quizás algún día llegue a la orilla, hasta entonces tratará de hacer pie en alguna roca.

domingo, 19 de junio de 2016

Retrato de mujer al óleo

Retrato de mujer al óleo

Ari Madrid / Modelo
cristabel Ortiz / Maquillador
Tomascmt / Fotógrafo













Donde todos veían un rostro, él veía tonos y colores, contornos y texturas. En definitiva,
veía luces y sombras que jugueteaban delante de sus ojos, sus cuadros así lo afirmaban. Decían de
sus retratos que poseían vida propia, que tenían alma. Una conciencia atrapada en un lienzo o en un
simple papel. Llevaba tiempo sin la inspiración suficiente para continuar más de dos trazos seguidos
y ni tan siquiera Bianca, su musa, conseguía despertar el interés que le nacía en los dedos y se
extendía al pincel.

Esa noche, que jamás olvidaría, despertó sobresaltado y sudoroso. Con la respiración
agitada, como si acabase de tener una pesadilla, no tardó en levantarse a buscar dónde poder pintar
un pequeño garabato, un rostro de una mujer con la que acababa de soñar. No quería que el desvelo
le borrara el recuerdo de tan bella señora que le visitó en su sueño y, tras encender una vela de sebo
que encontró, empezó a trazar directamente con óleo, sin bocetos y sin destino. Poco a poco el
blanco lienzo fue tatuado con el pincel del artista borracho de inspiración.

Pasaban los días como el suspiro de un enamorado. Solo en su habitación y con el ambiente
bañado por el olor de la pintura secándose, pensaba en en ver terminado el retrato y observar de
nuevo el rostro que le había cautivado. Un poco de negro por aquí, un poco de gris por acá. Tan
inmerso estaba que no se dio cuenta que uno de sus dedos le sangraba débilmente, manchando la
bella dama del lienzo. Al tratar de corregirlo observó que los labios resultaban de un color escarlata
según el reflejo de la luz, procurándole un poco más de vida.

La luz de la mañana le encontraba levantado y pegado delante del caballete. Solo tenía ojos
para la pintura, que todavía era un montón de trazos sin sentido que dibujaba y borraba
constantemente. Ni siquiera las llamadas a la puerta de los días siguientes ni el hambre le hizo
separarse de su obsesión. Bianca se había cansado de esperar tras su puerta a que le abrieran y no
volvió.

Por las noches, se acostaba mirando el lienzo. Esperanzado quizás de que esa dama le
visitara en su sueños otra vez y así volver a tener esa imagen fresca de nuevo al despertar. Nada
ocurrió, no volvió a soñar con ella o bien no recordaba lo que había soñado. Solo hacía que su
frustración creciera y volviera a pintarla. Esa noche, no recordó haberse quedado dormido, pero
despertó con el sonido de un pequeño tintineo. De pronto pensó en Bianca, su amiga y su fiel
amante que volvía a por él después de tanto tiempo. Buscó desesperadamente una vela y al
encenderla solo encontró una mano tendida y una voz.

–Ven conmigo –Un susurro que parecía salir de su propia cabeza.

–¿Bianca? –preguntó algo intrigado.

–Ven conmigo –respondió la voz únicamente.

–Eres, mi quimera. Me has robado horas de sueño y hambre, pero lo he conseguido, he
conseguido retratarte después de sumergirme en mis recuerdos.

Se soltó entonces de la mano para alumbrar con la vela el retrato que tanto tiempo le había
robado la razón. Acercó la llama y al ver el lienzo se quedó sin palabras. Los ojos se le llenaron de
lágrimas al comprender que había perdido su trabajo, que se había diluido, que se había perdido y
que únicamente lo podría guardar en su memoria. Tras sentir una mano en su hombro se volvió y
pudo ver a la mujer. Quedó petrificado al ver que poseía las mismas facciones, los mismos rasgos
que el recuerdo de su retrato.

–Ven conmigo... Ven conmigo...

Pasaron días hasta que lo encontraron tumbado sin vida en su cuarto, con un pincel en una
mano y un rosario en la otra. Su última obra pasó desapercibida al parecer un lienzo destrozado por
el mismo autor.

domingo, 21 de febrero de 2016

Llueve letras

Llueve letras de un cielo despejado.
Mojan el suelo formando charcos llenos de sílabas.
Corren por los campos ríos inundados de palabras.
Yendo a morir a mares ahogados de versos.




Oh Badajoz, mi Badajoz

Oh Badajoz, mi Badajoz.

Entre zarzas, juncos y encinas viome mi tierra crecer. Perdida en algún lugar entre las Españas y Portugal, situada donde el sol siempre se acuerda de calentar. Allí, en ese punto exacto, nací y amé yo.
Amé sin lugar a dudas la niebla matutina que en invierno arropa el río y sus puentes. Amé las calles que llevan decenios asfaltadas con calzadas romanas o adornadas con arcos mozárabes. Amé sin duda las palabras que solo los que hemos amado aquí sabemos decir desde “chiquininos”.
Por miles se podrían contar las tardes de carreras, de parques así como de campos y descampados bajo un sol perenne. Tardes de muchachos jugando a las canicas en las puertas, de bicicletas sin frenos o llamadas a puertas que ahora ni siquiera existen.
Todo cambia, como el agua de tu río, como el aire que roza tus puentes, como la luz que baña tus calles. Yo también he cambiado, quizás ahora no me conozcas, quizás ya no te conozco.

Oh Badajoz, mi Badajoz. Me fui sin decir adiós, ni tan solo un hasta luego. Sabes que sin duda regreso y aunque tanto solo sea a ver a quienes allí dejé, siempre acabo por volver a ti.

miércoles, 27 de mayo de 2015

Heno.

Llegó volando, como llega el viento que empuja las hojas suicidas en otoño. Descendía formando una espiral, jugando con el aire, bajando y subiendo a su antojo. Nada escapaba a su mirada, cualquier movimiento delataría una posible presa. Atrás le perseguía su sombra, tratando de despegar sin conseguir levantar el vuelo, sin lograr quitarse un peso imaginario que le oprime contra el suelo. 
El sol, en su periplo diario, empezó a descender para esconderse tras las montañas. Los vientos dejaron de ser tan cálidos, avisando que era el momento de buscar dónde pasar la noche. No tardó en encontrar una rama donde posar su cuerpo.
Usaba su pico para acicalarse, colocar sus plumas y retirar las que ya no continuarían el viaje con él. Caían plumas del árbol, como si el otoño hubiera extraviado su cordura y las confundiera con hojas. Ensimismado en su ritual estaba, cuando observó un punto brillante cerca de él, en el tronco del árbol. Nada ocurrió tras su fuerte graznido, ni siquiera un leve movimiento. Avanzó despacio, paso a paso, sin perder de vista su objetivo. Volvió a graznar levantando las alas en posición agresiva. No podía ser, nada volvió a ocurrir. Empezó a tocarlo con el pico, despacio primero, para después agarrarlo y tirar de él. 
–¡Ay, mi ojo! –gritó el árbol–, ¡me haces daño!.
Entre graznidos huyó el ave espantado, acompañado de las plumas que el viento arrastraba a su paso. 
Tras el episodio del ave, Heno el espantapájaros, volvía a estar solo. Volvía a vivir clavado en el suelo por un madero que hacía la función de espina dorsal. Había olvidado ya desde cuándo estaba allí. Sus ojos no eran más que dos botones cosidos. Vestía chaqueta larga, muy elegante de cuello alto y un sombrero, sin duda su prenda favorita. Ningún espantapájaros en kilómetros a la redonda lucía un sombrero de copa como el suyo. “Debió ser de un mago” solía presumir, ya que tenía cartas de una vieja baraja, donde el As de corazones tapaba el resto de cartas. Su carta, como él, un corazón solitario. 
Lo había intentado todo para que las aves se acercaran, para preguntarles cuál fue el precio que pagaron para engañar a la gravedad. Tiempo atrás recolectó todas las plumas que encontró en el suelo. Se vistió con ellas, disimulando sus facciones y así aparentar ser uno de ellos. Aprendió a imitar los sonidos que emitían, pero de nada sirvió tanto esfuerzo. La lluvia robó sus ilusiones disfrazadas de plumas. 


Heno pasaba el tiempo contando nubes. Contaba las que se unían como amantes furtivos. También contaba las que se dividían en dos, partidas por la mitad, como un corazón roto. Por las noches, bajo la luz de la luna, observaba las estrellas. Las imaginaba como luces de un faro buscándose unas a otras en la oscuridad cósmica. 
Una de esas tardes, en esa hora en que los colores bostezan en tonos grises, decidió intentarlo una última vez convencido de que conseguiría su objetivo. Recolectó hojas que vagaban por el suelo, despojadas de la savia que un día corrió por sus venas. Camufló con ellas su cuerpo aparentando así ser un árbol más. La experiencia casi le cuesta que un cuervo le descosiera un ojo. A raíz de aquella ocasión, poco a poco dejó de espiar las nubes, de contar estrellas, de mirar al cielo. La tristeza se convirtió en un peso que le impedía levantar la cabeza. 
Aún no había salido el sol, pero la claridad previa a la mañana excitaba a todos los insectos. Despertó con una sensación extraña, un hormigueo que le recorría el brazo. Trató de levantar la vista hasta su hombro, para encontrar un montón de ramitas. “Las habrá traído el viento”, pensó sin darle más importancia. Volvió a clavar su vista en el suelo, tan interesante, tan inocuo, tan estático, tan alcanzable. No obstante, esos cosquilleos no cesaban y el montón de ramitas parecía crecer. Al levantar de nuevo la vista, no creyó lo que consiguió ver. ¡Había huevos entre los restos de ramas!. Toda la tristeza se convirtió en curiosidad. Procuró controlarse para no hacerse notar. ¿Cómo no se dio cuenta antes?. Entonces comprendió que tendría que haber levantado la cabeza. Ese cambio de encuadre fue lo que le hizo ver los huevos en el nido. 
Esperó con impaciencia a que aparecieran los progenitores de aquel milagro. Llegaron volando, como llega la niebla en las mañanas de invierno. Se posaron delicadamente sobre el nido para incubar sus futuras crías. Heno se sentía feliz, ¡Un pájaro anidaba en su hombro!. Sabía que no debía mover un solo dedo o los volvería a espantar. Observó cómo uno de ellos colocaba cada ramita, formando un lugar confortable y volaba a por otra ramita. El ave que incubaba, le habló.

–Hola Heno –dijo el pájaro que con la mirada fija en sus ojos.
Al mirarlo, pudo ver el color blanco de sus ojos, perdidos en el vacío de la oscuridad de su ceguera. No obstante, el ave no dejaba de mirarle. –Hola Heno, sé que puedes oirme y verme. 
–¿Hola? –Su voz era un susurro casi inaudible.
–¿Tú eres Heno, verdad? Sí, sí que lo eres. 
–Si, lo soy. ¿Cómo es que me conoces?, ¿Quién eres tú?
No podía creerlo. Tanto tiempo intentando acercarse a ellos y ahora lo tenía ahí, tan cerca como increíble. Era viejo con plumas grises y marrones.
–Mi nombre es Tique y llevo observándote mucho tiempo –Empezó a hablar el ave–. Solía volar por aquí. Te veía ahí clavado, sin levantar la vista del suelo. Nunca comprendí que temían las aves, quizás fue por esos disfraces que solías vestir.
–Yo solo pretendía no estar solo, poder hablar con alguien.
–Ahora estás hablando conmigo. Dime, ¿Qué quieres saber?
–Me gustaría saber cómo podéis volar.
Tique movió la cabeza, como si quisiera mirarlo con ambos ojos a la vez.
–¿Te has preguntado cómo puede un caballo andar? –dijo ella–, ¿Cómo puede un pez nadar? Es nuestra naturaleza.
–Yo no puedo hacer ninguna de esas cosas –dijo Heno volviendo a mirar hacia abajo–. Estoy clavado al suelo.
–Tu naturaleza es espantar a los pájaros, y hasta ahora lo has hecho genial –Heno solo pudo sonreír.

Tique llegó para quedarse. Los brazos de Heno fueron la base que buscaba para crear un hogar. Corrieron los meses perseguidos por las estaciones, unos detrás de otros como una carrera sin final. No corrían en vano, el tiempo todo lo transforma. Los polluelos que rompían los huevos, crecían hasta que aprendían a volar muy lejos. Tiempo después volvían para anidar en los brazos de Heno y tener así polluelos que crecerían y aprenderían a volar en el ciclo de la vida. Todo bajo la atenta mirada de un anciano Heno. 
Sus ropas rasgadas, su cuerpo menguado y su sombrero raído contrastaban con la felicidad juvenil que se dibujaba en su cara. Le encantaba ver como las crías se escondían entre su sombrero, correteaban y aprendían a volar desde sus brazos. 
Uno de esos polluelos hizo caer el As de corazones que Heno tanto amaba. 
–¡Oh, lo siento! –dijo aguantando las lágrimas– He tirado tu carta, Heno.
–¡Vaya!, no pasa nada chico –En la cara de Heno solo se podía ver una sonrisa–. Dime ¿Qué carta ha quedado ahora a la vista?
–Un hombre, frente a un espejo. Tiene una espada, una corona y un corazón dibujados. 
–¡Anda, el rey de corazones! –No podía esconder su alegría–. ¿Sabes qué significa?
–No, ¿qué?
–Significa que jamás volveré a estar solo.

El peso de los nidos, las últimas lluvias y el paso del tiempo hicieron que Heno, poco a poco se inclinara hacia el suelo. Primero fueron milímetros que ni siquiera él mismo notó. Tras las lluvias del duro invierno se percató que la inclinación empezaba a ser preocupante. Avisó pues a las aves que quitaran sus nidos, ya que algún día caería hasta el suelo siendo ese su inevitable final. Todas las aves se trasladaron a árboles cercanos para así evitar el trágico final. Sabía que el día que cayera al suelo significaba su muerte, aunque le dolía no volver a ver a todos sus polluelos, comprendía que era inevitable.
Aun con los ojos cerrados, sin que el sol se hubiera despertado aún, notó un montón de patas posándose en sus brazos. Abrió los ojos para darse cuenta que una decena de aves le tenían agarrado por la chaqueta. 
–¿Qué pasa? ¿Qué hacéis? –preguntó asustado al verse rodeado.
–Heno, hemos pensado cómo hacerte escapar de la muerte –Reconoció la voz enseguida. Se trataba de Pluto, el hijo de Tique–. Te elevaremos lo más alto posible entre todos. Después te dejaremos caer al vacío.
–Pero, ¡Estáis locos! Vais a acabar conmigo antes de que me caiga.
–Tranquilo, una vez que llegues al suelo, aprovechando la tierra mojada de las lluvias, te clavarás de nuevo y más fuerte. No te pasará nada. 
–Dejadlo, todo tiene su fin y el mío será al caer al suelo. Fui feliz de haberos visto crecer entre mis brazos. 
–Está decidido, solo te avisamos para que no te marees en el cielo.
Sintió cómo le arrancaban de la tierra donde una vez fue clavado. Las mismas aves que ayudó a crecer, que vio volar, ahora le llevaban hacia el cielo azul. El sol por su parte se dio prisa en aparecer, no quería perderse el espectáculo. 
Todas las alas se movían a la par, cualquiera que lo viera pensaría que lo habían hecho mil veces antes. 
–Ahora chicos, a mi señal le soltaremos todos a la vez –La voz de Pluto no daba lugar a dudas–. Es muy importante que lo hagamos todos a mi señal. El más mínimo error y quizás lo lamentaremos toda la vida. ¿Entendido?
Heno no dejaba de mirar arriba, no quería ver lo lejos que estaba el suelo, quería sentir los vientos en su cara. Todas esas nubes tan lejanas que había observado, ahora casi las podía tocar con las manos. 
–¡Atentos! A la de Tres daré la orden. 
El aletear se oía tan cerca, envidiaba poder surcar los cielos a su antojo.
–¡Uno!
Por un instante, solo un instante.
–¡Dos!
Heno miró hacia abajo.
–¡Tres!
Para comprender que todo había merecido la pena.
–¡Ya!
Para abrir sus alas y aprender a volar.

viernes, 13 de febrero de 2015

Mañana

Desde el alba hasta el ocaso seguiré contestando lo mismo una y otra vez. No la consideres una negación, soy incapaz de rebatirte absolutamente nada. “Mañana” será mi única respuesta a todas tus preguntas, a todos tus ruegos, a todas tus dudas. Así mañana volverás, así mañana volveré a tenerte a mi lado.