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lunes, 11 de noviembre de 2013

Buenas noches vida mía.

No quería irme a dormir sin dedicarte las mejores palabras. ¿Por qué?. Por lo de siempre. Porque no dejo de agradecer al destino que hoy, después de soñar tantos años, estés aquí sentada a mi lado.

Que desde que estoy contigo, has conseguido sacar lo mejor que tenía en mi interior. Jamás me ha faltado tu apoyo para ninguna de mis ideas por muy descabellada o infantil que pudiera ser.

Solo deseo corresponderte a todo lo que me das. Eso sí, te lo devolveré poco a poco, para que dure toda la vida y aún así estaré en deuda contigo.
 

domingo, 15 de septiembre de 2013

Carta hallada en una botella

Sirva este arrugado papel para dejar constancia de mi existencia, a la vez que mi propio testamento y mi última voluntad.
Me llamo Edward, nombre que en el día de mi nacimiento heredé de mi padre y éste a su vez lo hiciera del suyo como un regalo que pasa de generación en generación sin que el tiempo transcurra por él.
He vivido tantas alboradas que mi mente, solidaria con mi edad, las difumina con los crepúsculos que contemplé. Aún mantengo entre mis recuerdos que muchos de esos amaneceres los compartiste conmigo.
He aquí mi escasa herencia:

Estos suspiros que escapan de mis pulmones sin mirar atrás, emulando a Orfeo en su huida del inframundo, mis exhalaciones serán donadas al viento para, quizás así, poder acariciarte una vez más.
Estas lágrimas, que arrojadas al mar como será este mensaje, se mezclarán con la sal que habita en estas aguas cristalinas.
Esta piel, en otro tiempo acariciada por la brisa y en ocasiones por tus manos, ahora ya marchita por la senda recorrida por el tiempo, la dejo en herencia a la tierra donde descanse mi cuerpo. 
Mis palabras las dispondré sobre este papel que como yo consiguió salvarse y solo espero que aguante más que mi propio aliento.
Es mi único deseo mi amor que, al recibir esta carta, sepas lo mucho que te anhelo.
Más triste que la soledad y la inevitable muerte, que sentada a mi lado espera que termine estas líneas, es no poder volverte a ver. 

Fdo: Edward Lane.



lunes, 15 de julio de 2013

La estación de los recuerdos (I concurso verano Abretelibro.com)

     El camino empedrado que habíamos elegido esa tarde era muy similar al de todos los días. Era lo que conllevaba la rutina, que todo acababa siendo igual. Sus ojos, observaban los objetos como si se tratara de su primera vez. Su forma de caminar se asemejaba demasiado a la mía, por algo llevábamos la misma sangre.


     –Mira estos árboles. ¿Ves como se mueven? Intentan quitarse el sombrero al vernos pasar y decirnos: «saludos caballeros, que tengan una buena tarde» –dije riendo bajo la sombra de los cipreses para que se sintiera más cómodo. Su silencio, siempre constante, hizo de telón sobre mis palabras.


     Nuestros pasos avanzaban más lento que el ocaso del día. El color rojo del cielo se iba apagando poco a poco mientras recorríamos la tarde, como cada veraniego atardecer. 


     –Ese color rojo del cielo es la forma que tiene el sol de decirnos hasta mañana. Si pudiéramos ver el mar, verías como se baña en él cada tarde. Ahora es turno de la luna, ¿la puedes ver? –Señalé a un punto del cielo con la mano consiguiendo que mirara y se quedara con la boca abierta– Cuentan que la luna es la amante del sol, que en los días nublados, cuando no podemos verlos, se aman sin nuestros ojos curiosos. ¿Cómo no amar algo tan brillante? Quizás todos buscamos algo que nos ilumine mientras recorremos este oscuro camino que es la vida, ¿No crees? –Seguía mirando al cielo, su boca era una exclamación silenciosa– Las malas lenguas dicen que sin el sol no brillaría la luna. Pero en el fondo tienen razón, cuando estamos enamorados brillamos más que nunca y la ella no iba a ser menos.


     Se oía ya cerca el agua cuando se cruzó una estrella fugaz en el cielo oscurecido. 


     –¡Mira, pide un deseo! –Apremié– Pídelo en silencio, si lo dices no se cumplirá –. Cerró los ojos muy fuerte, quería concentrarse. Cuando los abrió, pude ver como se le dibujó una sonrisa en los labios, era la mejor recompensa. 


     Tras llegar a la orilla, nos sentamos en el mismo banco de siempre, al que convergían todos los caminos. Los mosquitos aprovechaban este lugar para parar a beber. 


     –Aquí en la superficie del estanque, es donde alisa su brillante pelo, donde se pinta los ojos y los labios para que el sol la vea más guapa–. Le explicaba mientras el reflejo de la luna ondulaba en la superficie del agua, donde también se podían ver algunas estrellas si el cielo estaba despejado– Si te fijas bien, las estrellas cuchichean con la luna, ríen y se cuentan secretos al oído para que no las oigamos, que coquetas son ¿Verdad?


     A pesar de su silencio su mirada era muy expresiva, observaba con una gran curiosidad. Nada escapaba a su interés. A veces lo veía cerrar los ojos, sentir como el viento le acariciaba la cara y le susurraba al oído el sonido de los pájaros. Me encantaba verlo así.


     Regresamos por el mismo camino empedrado, le hacía sentir seguro. A nuestra espalda quedaron los árboles con su insinuante movimiento, el viento compartiendo secretos entre susurros, las estrellas jugueteando con la luna y los insectos que son constantes en esta estación. 
Atrás quedaron nuestros pasos de una tarde veraniega y delante de nosotros, como el inapelable otoño, la puerta donde nos esperaba su cuidadora María.


     –No sabes el bien que le hace pasear contigo y que le cuentes esos cuentos que solo tú sabes –dijo tras darnos sendos besos y cogerle del brazo.


     –Sí, ya lo veo –contesté con la cabeza baja–. Ya no recuerda que fue él quien antes me llevaba de la mano por caminos como éstos, quien me narraba estas mismas historias que ahora le cuento cada tarde. 


     –Lo siento pequeño, la vida no perdona –dijo mientras me miraba directamente a los ojos–. Seguro que conoces la frase «Paren el mundo que yo me bajo aquí». Piensa que en algún momento de su vida decidió que se bajaba aquí, que ser adulto lo superaba y se convirtió en el niño que anhelaba ser. 


     No tuve más remedio que mirarlo. Sus ojos me observaban como antes, perdidos entre la oscuridad de la tarde.


     –La vida es un ciclo hijo mio. Ahora nos vamos a descansar. ¿Volverás mañana con nuevos cuentos? –Solo pude asentir con la cabeza. 

     Como cada noche lo vi entrar en el edificio. Daba pequeños pasos mirando hacia atrás para verme de reojo. Como cada noche mi alma se rompía en pedazos para volverse a componer al llegar el siguiente atardecer.

sábado, 8 de junio de 2013

Para Cielo (Otro más del baúl de los recuerdos)

Llegado ya a mi actual edad, fui consciente que por mucho tiempo que estuviera cavando, jamás encontraría el tesoro prometido de tantas historias que nos contaban de niño.
        Como pasa a veces cuando cesamos en la búsqueda de lo anhelado, tropezamos de bruces con los que buscamos, quizás estaba ahí antes y no lo viéramos o quizás al salir del foso cavado  empezamos a mirar para otros lados.
        Te sentía, te observaba de reojo, podía ver el calor que la llama encendida en tus ojos calentaba cierta esperanza. Ciego de mí, que no me di cuenta de la luz que alumbraban tus ojos hasta que poco a poco observé que mi corazón aprendió a latir al mismo ritmo que el tuyo.

        Y en noches tranquilas y silenciosas como esta, si escuchas bajito se oyen unas notas, en forma de dos corazones latiendo, que juntándolas se puede identificar una hermosa melodía. Una melodía que solo podemos oir tu y yo cuando juntamos nuestros corazones. Daría lo que fuera, todo lo que tengo para seguir oyendo esa melodía que nos destina a compartir por siempre jamás nuestros corazones.

martes, 4 de junio de 2013

Desde mi cielo (antes de que todo empezara)

DESDE MI CIELO
Ahora que la luz del sol ya no alumbra,
ahora que las luciérnagas iluminan mi habitación.
Ahora que las ánimas regresan al monte a jugar,
y las brujas se reúnen para conjurar.

En ese momento se convierte en mi aliada,
ya que cuando salga el sol, todo estará lleno,
lleno de recuerdos que sólo la imaginación conoce.

No importa la distancia, no existe el tiempo,
solo necesito saber que estás ahí
saber que nuestra amistad recorrerá océanos de tiempo.

Quisiera...
Quisiera ser noche, niebla eterna, para poder albergar
todos los pecados que mi corazón se niega a perpetuar.
Quisiera...
Quisiera poder recordarte para no tener
que volver a imaginar.


Gracias cielo.                                     

martes, 7 de mayo de 2013

A tí

Se oye por las noches un rumor, un quejido de dolor.
Unos dicen que es el viento, que rabioso de no poder acariciarte mas el pelo se fue a silbar entre los arboles más altos.
Otros dicen que es fruto del mar que, cansado de ver que ya no te sumerges sola en él, choca contra las rocas intentando romperlas.
Hay quien asegura que ese quejido lo produce el fuego de nuestra hoguera que, frustrado por no necesitar ya más su calor, se deshizo en cenizas al alba.
Pero ese doloroso rumor es el llanto de la soledad que, frustrada de vernos juntos caminar, deambula sola por los rincones sin dejar de llorar.




VIII Concurso de relatos Abretelibro.com

Gallows


La oscuridad inunda el vacío que dejó la luz en esta apestosa celda. El plato de la cena sigue justamente donde anoche lo dejó el guardia, pero a diferencia de entonces está vacío. No, no pienses que soy yo responsable de la ingesta de sus alimentos que con nocturnidad y alevosía me robaron dos ratas. 


Un dolor que me recorre toda la espalda me impide siquiera intentar levantarme. Quizás el montón de paja, que hace las veces de cama, sea el responsable de mis quejas. Decido, mientras me sacudo los restos de paja de la ropa y el pelo, quedarme sentado con los ojos cerrados un rato más.

Oigo pasos cerca de mi celda, será el cambio de guardia, pensé. Al despertar presiento dos ojos observándome bajo toda la oscuridad de la celda.

- ¿Sabes quién soy?. - Preguntó una silueta. Mi cara de desconcierto me delató. - Quizá te sea desconocida mi voz, pero después del toque de campanas no serás capaz de olvidarla.

- Tienes razón. - Respondo con la garganta seca por la sed. - No sé como te llamas, pero sí sé quien eres. - A pesar de que no podía ver la cara de la silueta, pude notar sorpresa en su voz. 

- ¿Lo dices por ésto?. - Dijo levantando la capucha que llevaba en la mano derecha. - Lo volverás a ver más tarde. Cuando lo lleve puesto serás mio.

- ¿Qué has venido a buscar aquí?. - No puedo verle bien, pero lo intuyo alto y fuerte, como si tuviera que levantar la vista para poder mirarlo a la cara. 

- Lo único que quería era ver tu miedo. Esta tarde te dejaré en manos de Dios, te llevará a dar un paseo lento y doloroso hasta el infierno. Durante todo el camino, que se te hará eterno, se abrazará a tu cuello tan fuerte que no te dejará respirar por más que lo desees.

- Te veré más tarde, - siguió. -cuando te traigan a mi reino: el patíbulo. - Nada más terminar de hablar, me escupe a la cara y ríe mientras se va hacia la puerta de salida.

Al salir, intercambia unas palabras con los guardias. Lo único que puedo escuchar con claridad entre las risas es el deseo de mi visitante es que no me den agua bajo ningún concepto. Acto seguido, aún riendo, se acerca uno de los guardias con lo que parece un plato en la mano. Ese puede que sea mi último desayuno, pienso mientras el guardia cambia un plato por el otro. Al ver que está vacío, me mira con cara burlona.

- Veo que anoche tenías hambre ¿eh rufián?. Esa comida no se la comerían ni las ratas.- Ríe tras hablar, me cambia el plato y vuelve a su puesto. El olor de la comida se expande por toda la celda atrayendo a las ratas otra vez. Se me revuelve el estómago buscando algún alimento que vomitar, al estar vacío me retuerzo de dolor.

Me cuesta dormir, en mis sueños soy libre para poder pasear por prados verdes, para llevar a mi hijo a hombros, enseñarle a cazar conejos, a usar la espada y a luchar cuerpo a cuerpo. Vuelvo a casa, pero ésta vez no me detienen. Los recuerdos me traicionan, solo hacen llamar a mi puerta para que salga a jugar con ellos. ¿Cómo les explico que sus juegos me hacen tanto daño?.

Aún intento rememorar, sin éxito, cómo logré incrustarle ese palo en la cabeza a ese desgraciado al ver que intentaba aprovecharse de una niña. Cayó al suelo de inmediato, no le dio tiempo siquiera a verme. Pensé que se habría desmayado, en seguida me di cuenta de que estaba equivocado. Me agarraron por detrás inmovilizándome, no puse resistencia alguna. La gente se amontonó para observar la escena, llenos de curiosidad por ver al borracho desangrarse y cómo me llevaban preso, ¿Dónde estaba esa misma gente, cuando esa chica tanto lo necesitaba?.

Pasa el tiempo, tan sosegado que hace contraste con mi inquietud, con mis ganas de que todo sea solo un recuerdo ya. Los minutos se amotinan ralentizando la caída de la arena en el reloj.

- Ha llegado tu hora. Espero que Dios sea piadoso contigo y deje que tu muerte sea rápida, porque te aseguro que será dolorosa. - Recibo sus palabras con los ojos cerrados. Si en realidad existe un Dios, ¿por qué permite que ésto ocurra?. Voy a entrar y no quiero ninguna jugada por tu parte, de ser así no llegarás al patíbulo. Te ataré las manos y vendrás con nosotros.

Sigo con los ojos cerrados cuando entran en la celda, sólo quiero recordar a mi hijo, esos prados verdes de mis sueños. Me llevan con las manos atadas y sujeto por un guardia a cada brazo, apenas toco el suelo, ojalá pudiera volar. 

Recorro mis últimos pasos con la cabeza baja entre tinieblas y oigo la gente con sed de sangre. Intento por todos los medios mantener mi compostura, hasta el instante que veo la sombra de la soga y su nudo inconfundible, si no fuera por los guardias habría caído de rodillas.

Subiendo los escalones vuelvo a ver la capucha que me visitó esta mañana, esta vez está sobre el cuerpo de un hombre, esperándome, y podría decir que debajo de ella había una sonrisa. Nada más llegar arriba, el verdugo me tapa los ojos, no recuerdo cual fue mi última imagen, ahora da lo mismo.

Siento una soga abrazarse a mi cuello y apretarse contra mi nuca, con fuerza. La aspereza me hace daño al respirar, como una introducción al concierto que me tiene preparado la muerte. Mis pies de repente están en el aire, caigo al vacío. Me agarran por el cuello, no puedo respirar, por mucho que abra la boca el aire no llega a mis pulmones. Mis fuerzas poco a poco van menguando, lo noto, pero sigo luchando por una bocanada de aire, aunque solo obtengo oscuridad...


...


...


...



...Todo está muy oscuro, como cuando abandoné la vida, ya no tengo opresión ni tengo esa necesidad imperiosa de respirar...


...Oigo voces, tan cerca...


...-¡Milagro¡, ¡Milagro, ha movido una mano!- y tan reales...


...Solo quiero descansar, ahora que ha pasado todo, pienso y me enfado por no haber pensado en mi hijo en el último momento. Mi único deseo es respirar, aliviar esa presión en el cuello que me ahogaba...


... - Parece que tiene pulso, y tiene aliento, ¡Milagro!, ¡Milagro hermanos! - Oigo la voz de una mujer...


... ¿Aún puedo oír lo que pasa a mi alrededor?, ¿Dónde estoy?...


... -Tranquilo hermano, estamos aquí para cuidarte, no temas. - Dice una silueta femenina dirigiéndose a mí...


...La luz me ciega, pero pronto puedo distinguir unas siluetas difuminadas, ¿acaso serán ángeles que me dan la bienvenida?...


Pero, ¿sigo en la tierra?, mis ojos tardan en adaptarse a la luz. Nada más abrirlos veo un féretro y un montón de gente que me rodea y me mira sorprendida. ¿Sigo vivo?, no puedo creerlo, que ha pasado, ¿acaso me han salvado?. Las siluetas que confundí con ángeles, se han convertido en hermanas de la caridad que se encargan de los cuerpos después de las penas de muerte. Me dirigían al féretro pensando que había abandonado este cuerpo. 

- Ahh.- Consigo decir -Aguaaa – más un susurro ronco que una voz humana. 

Una de las hermanas me acerca a la boca un vaso y me lo bebo de un trago, la mitad ha ido a parar por mi cuello, que al entrar en contacto con las heridas que me ha dejado la soga, me escuece, pero lo único que consigue es que me sienta vivo, ¡vivo!.

Se oye a la multitud murmurar sobre mi, unos piden a gritos que me vuelvan a ejecutar. Las mujeres me miran con pena, no se atreven quizás a hablar por haber tanto hombre delante. 

- Señor Juez, no hay derecho, este hombre debe morir como su víctima lo hizo. - Dice una voz entre la multitud.

Miro a mi alrededor y veo con miedo el patíbulo, con el verdugo en lo alto, mirarme fijo, incrédulo. Bajaba los escalones en mi busca, como quien acaba de encontrar al demonio hurgando en su jardín. 

- ¡No, clemencia hermanas, clemencia!. - Hubiera gritado si mi voz no sonara tan ronca.

Nada más llegar a mi lado me golpea con su puño en mi estómago. Sin tiempo para llegar a doblarme, me vuelve a golpear pero esta vez en la cara tumbándome en el suelo. Me agarra del pelo apremiándome para que me levante y llevarme de nuevo a la soga. De entre el público se oye una voz que hace callar a todas las demás.

- ¡Alto señores! - Es la voz del Juez que condenó.

El silencio ocupó su espacio entre la multitud, se le veía pasear desde el fondo hasta que llego a la primera fila para observar mejor la escena. El juez se acercó a nosotros, y recé para pedir que por favor no me ahorcaran otra vez. 

- Este miserable ha cumplido ya la pena que le fue impuesta. Ha sido ahorcado, por lo tanto ahora es libre. 

La idea no pareció gustarle a la multitud tanto como a mí. Podía oír sus deseos de muerte que solo consiguen que quiera huir. Los ojos del verdugo estaban inyectados en sangre mientras me empuja la cabeza y caigo de rodillas delante del juez. 

- Sólo hay una condición que pongo a tu libertad y a tu vida. - Prosiguió el juez. - Serás desterrado de este pueblo y los cercanos. En caso contrario no habrá indulto posible para que vuelvas a subir a ese patíbulo. Ahora los guardias te ayudarán a llevarte a los límites del poblado y espero no volverte a ver jamás en la vida. ¿Entendido?.- Concluyó el juez.


- Entendido, gracias señor.- Conseguí decir con mi ronca voz, tocándome las heridas que me harían recordar la escena.

La multitud abrió un pasillo para dejarnos paso a los guardias y a mí. Mis pasos eran tan lentos como cuando me llevaban a la muerte, pero ahora mi mirada solo buscaba la libertad.


- Dados los hechos ocurridos, solo veo un culpable.- Empezó a decir el juez a mi espalda, obteniendo otra vez la atención del público. -No es posible que ésto vuelva a ocurrir y la única solución que veo plausible es que sea condenado el verdugo, por su falta de profesionalidad y dejar un condenado vivo. ¡Guardias, detengan a ese señor!

Hacen falta tres guardias para que la detención del verdugo no resulte inútil. Lo conducen al patíbulo con las voces de la gente, que hoy verán dos ajusticiados cuando esperaban a uno solo.

Pedí a los guardias que aceleráramos el paso, aunque una parte de mí quería ver la ejecución, otra más imperiosa solo deseaba llegar a casa para poder abrazar a mi hijo.