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domingo, 19 de junio de 2016

Retrato de mujer al óleo

Retrato de mujer al óleo

Ari Madrid / Modelo
cristabel Ortiz / Maquillador
Tomascmt / Fotógrafo













Donde todos veían un rostro, él veía tonos y colores, contornos y texturas. En definitiva,
veía luces y sombras que jugueteaban delante de sus ojos, sus cuadros así lo afirmaban. Decían de
sus retratos que poseían vida propia, que tenían alma. Una conciencia atrapada en un lienzo o en un
simple papel. Llevaba tiempo sin la inspiración suficiente para continuar más de dos trazos seguidos
y ni tan siquiera Bianca, su musa, conseguía despertar el interés que le nacía en los dedos y se
extendía al pincel.

Esa noche, que jamás olvidaría, despertó sobresaltado y sudoroso. Con la respiración
agitada, como si acabase de tener una pesadilla, no tardó en levantarse a buscar dónde poder pintar
un pequeño garabato, un rostro de una mujer con la que acababa de soñar. No quería que el desvelo
le borrara el recuerdo de tan bella señora que le visitó en su sueño y, tras encender una vela de sebo
que encontró, empezó a trazar directamente con óleo, sin bocetos y sin destino. Poco a poco el
blanco lienzo fue tatuado con el pincel del artista borracho de inspiración.

Pasaban los días como el suspiro de un enamorado. Solo en su habitación y con el ambiente
bañado por el olor de la pintura secándose, pensaba en en ver terminado el retrato y observar de
nuevo el rostro que le había cautivado. Un poco de negro por aquí, un poco de gris por acá. Tan
inmerso estaba que no se dio cuenta que uno de sus dedos le sangraba débilmente, manchando la
bella dama del lienzo. Al tratar de corregirlo observó que los labios resultaban de un color escarlata
según el reflejo de la luz, procurándole un poco más de vida.

La luz de la mañana le encontraba levantado y pegado delante del caballete. Solo tenía ojos
para la pintura, que todavía era un montón de trazos sin sentido que dibujaba y borraba
constantemente. Ni siquiera las llamadas a la puerta de los días siguientes ni el hambre le hizo
separarse de su obsesión. Bianca se había cansado de esperar tras su puerta a que le abrieran y no
volvió.

Por las noches, se acostaba mirando el lienzo. Esperanzado quizás de que esa dama le
visitara en su sueños otra vez y así volver a tener esa imagen fresca de nuevo al despertar. Nada
ocurrió, no volvió a soñar con ella o bien no recordaba lo que había soñado. Solo hacía que su
frustración creciera y volviera a pintarla. Esa noche, no recordó haberse quedado dormido, pero
despertó con el sonido de un pequeño tintineo. De pronto pensó en Bianca, su amiga y su fiel
amante que volvía a por él después de tanto tiempo. Buscó desesperadamente una vela y al
encenderla solo encontró una mano tendida y una voz.

–Ven conmigo –Un susurro que parecía salir de su propia cabeza.

–¿Bianca? –preguntó algo intrigado.

–Ven conmigo –respondió la voz únicamente.

–Eres, mi quimera. Me has robado horas de sueño y hambre, pero lo he conseguido, he
conseguido retratarte después de sumergirme en mis recuerdos.

Se soltó entonces de la mano para alumbrar con la vela el retrato que tanto tiempo le había
robado la razón. Acercó la llama y al ver el lienzo se quedó sin palabras. Los ojos se le llenaron de
lágrimas al comprender que había perdido su trabajo, que se había diluido, que se había perdido y
que únicamente lo podría guardar en su memoria. Tras sentir una mano en su hombro se volvió y
pudo ver a la mujer. Quedó petrificado al ver que poseía las mismas facciones, los mismos rasgos
que el recuerdo de su retrato.

–Ven conmigo... Ven conmigo...

Pasaron días hasta que lo encontraron tumbado sin vida en su cuarto, con un pincel en una
mano y un rosario en la otra. Su última obra pasó desapercibida al parecer un lienzo destrozado por
el mismo autor.

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