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miércoles, 1 de mayo de 2013

Relato publicado en "Saborea la locura" del MADTerrorFest 2013


HELLS BELLS

Tarde del 11 de noviembre de 1899. Parece que la oscuridad tiene prisa por llegar. El sol bosteza en el horizonte y la noche le gana la batalla al día. Las calles se llenan de soledad y de tal silencio que casi se puede oír como golpea la nieve en la tierra.
Mientras, James H. cierra las puertas del camposanto. El chirrido de las puertas recuerda a los últimos visitantes que si se despistan quizás las ánimas que allí habitan vengan a pedirles limosna. A sus 68 años, con más de 30 a sus espaldas entre esos muros desde que llegó con su padre, está convencido de que su labor es la de guardar la paz de los muertos y en ocasiones la de los propios vivos.
Cerradas ya las puertas del cementerio, nuestro sepulturero camina despacio por las calles, retira flores secas de los nichos y algunas tumbas. Parece como si llevara el peso del mundo encima de sus hombros. Acelera el paso para evitar gastar otra vela, se hace de noche, y empieza a tener frío.
Un sonido cruzó la oscuridad hasta atravesarle los oídos, el leve tintineo de una campana le erizó la piel. Era imposible, ese día no habían enterrado a nadie, pensó. Encendió una vela y salió buscando el origen de aquel sonido imposible. Con el candil en una mano y la pala en la otra, pues ese ruido solo significaba una cosa, recorrió las calles alumbrando las lápidas llenas de nombres que ya nadie pronuncia.
Persiguió el sonido por el laberinto de lápidas hasta una tumba que disponía del nuevo invento belga, el detector de enterramientos prematuros. Sin pensarlo más, empezó a arrancar la tierra del suelo, de fondo la campana no dejaba de sonar, la ansiedad y el peso de la pala hacían que le dolieran los brazos y que su respiración se entrecortara. Sólo podía pensar en salvar la vida a ese ser humano que había despertado en medio de la oscuridad, sin apenas aire que respirar ni espacio para poder moverse.
Apartaba la tierra mientras que la nieve intentaba obstaculizar su deseo. Parecía que jamás iba a aparecer nada que no fuera tierra y nieve. De pronto, notó una superficie dura, sintió la caja de madera que le separaba de la víctima. Tiró la pala para acabar de retirar con sus manos, las que en su día fueron las primeras paladas de tierra que taparon la caja.
Gritaba, y no dejaba de hablar para que supiera que estaba ahí, encima de su caja, que lo iba a sacar de su calvario. Consiguió abrir la caja, no sin esfuerzo ya que tenía las manos ensangrentadas y llenas de tierra. Cuando cogió el candil alumbró el interior del ataúd, recorrió la caja de arriba a abajo con el candil. Sus ojos buscaban un atisbo de vida, buscaban pero no hallaron más que un fúnebre vacío.
No es posible , se repetía mientras alumbraba hasta el último rincón, he oído sonar la campana de este maldito invento ¿Cómo es posible?, ¿Acaso me estoy volviendo loco?. Salió del agujero desconcertado, se limpió la tierra de los brazos y del cuerpo. Fue entonces cuando se dio cuenta de que con la prisa de sacar al enterrado, no se paró siquiera a ver la lápida. Al verla leyó:



James Herbert Oz
16/1/1831 – 11/11/1899


¿Quién le gastaba esta broma macabra?. Su cerebro se paralizó del horror, en un segundo que parecieron mil años. La respiración parecía haber dejado de existir, los ojos se negaban a ver lo que estaban mirando, las manos dejaron de ser suyas y el candil se hizo añicos contra el suelo. Las piernas se bloquearon ante la idea de huir cuanto antes.
Cuando el cuerpo le respondió, la respiración parecía quemarle la garganta, su mirada solo buscaba cualquier sitio lejano de allí.
Corrió cuanto pudo por las oscuras calles llenas de lápidas, sorteando, agónico, obstáculos que se interponían en su huida hacia la salvación. El sudor recorría todo su cuerpo y la sensación de pánico se adueñaba de sus pensamientos. Un aliento helado le seguía de cerca nublando todos sus sentidos.
Resulta curioso lo frágil que es a veces nuestra vida, sólo hace falta un segundo para acabar lo que nos ha costado tanto alcanzar. En ocasiones un descuido, un despiste o como en este caso, un tropiezo pueden acabar con los latidos de nuestro corazón.
Una piedra se interpuso en su camino. El resultado fue fatal, la pierna le dolía tanto que no podía siquiera ponerse en pie. Se vio obligado a arrastrar su cuerpo para intentar llegar al calor de su caseta. Deseaba con todas sus fuerzas tener una campana como la que había oído momentos antes, para llamar la atención de alguien. Sabía que aún así sería casi imposible que alguien le oyera.


La nieve caía sobre su cuerpo. Las manos le dolían a causa del frío y poco a poco ese dolor se extendió por el resto del cuerpo, tal y como hacía un momento lo había hecho el miedo.
Fue una mañana blanca, la primera nevada del otoño cubrió los perfiles de la ciudad. Cuando el sereno encontró a James solo vio una mano que sobresalía de la nieve y sujetaba, cuál tesoro, una campana dorada...




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